domingo, 28 de junio de 2009
Tacto
miércoles, 24 de junio de 2009
Match La Plata: "La improvisación es el salto al vacío"

jueves, 18 de junio de 2009
Chico Ninguno, Coiffeur y Gepe

Noche ciclotímica. El domingo de vísperas de feriado en La Plata el clima, junto con el estado de ánimo, cambia constantemente en el Centro Cultural Islas Malvinas. De la alegría infinita a la introspección, para volver a la alegría, sin escalas.
El inicio del minifestival está estipulado para las 9 de la noche. Sin embargo, Chico Ninguno sube al escenario una hora después. Antes de comenzar su show, un hombre disfrazado de dinosaurio presenta la fecha, mientras gesticula con los brazos. Después empieza a sonar “Egoísta”.
A pesar de haber elegido canciones más intimistas para la ocasión, Chico Ninguno no puede evitar generar deseos de bailar. El público, atornillado a las sillas de aquella sala excesivamente formal, observa al muchacho sacudiéndose, aunque contenido, arriba del escenario.Poco después, un hombre vestido de negro y con una bolsa en la cabeza, junto con el dinosaurio, aparece en escena y salta a la par de Chico Ninguno y La Marica Mala Programada Para El Mal, que es el encargado de ejecutar las bases de las canciones desde su laptop.
Ocho canciones parecen pocas. La presentación termina con el cantante gritando “hoy es el mejor día de mi vida”. “Futuro Perfecto” invita a bailar, pero nadie se hace eco de la propuesta. Sería incómodo, quizás incluso inadecuado.
Lejos de las pelucas y los disfraces, Coiffeur llega al escenario del Islas Malvinas acompañado solamente por su guitarra. Quizás por lo sucedido anteriormente en ese Centro Cultural, o por pura casualidad, el cantautor decide empezar su presentación cantando “salgamos a bailar, el beat nos va a ayudar”.
Poco a poco el clima empieza a tranquilizarse. La gente olvida la vorágine en la que Chico Ninguno la envolvió y se relaja para escuchar las letras de Coiffeur. Él canta casi a los gritos, mientras mira con constancia a su guitarra y golpea la madera del piso del escenario con un pie marcando el ritmo.
Silencio hospital. En el público no se siente ni siquiera un murmullo. La atención recae sobre la voz de Coiffeur, que es increíblemente hermosa. Como si se trataran de poemas a los que es necesario escucharlos sin perder un solo detalle, la música pasa a ocupar un segundo plano en el que su única función es dar resguardo a las letras.
Como en una improvisación, Coiffeur pregunta cuánto tiempo le queda. A partir de entonces, emprende la retirada que, finalmente, aparece de la mano de “¡Qué mala suerte!”, única canción en la que la gente se permite golpear los pies y, aunque sea levemente, romper con el silencio para murmurar “Lo que se ve y lo que dejo entrever, ahora lo entiendo… al menos eso creo”.
Coiffeur se despide con velocidad, pero el público pierde el mimetismo en el que se había encerrado y pide un tema más. Entonces, “Cataratas” vuelve a abrir el juego, permitiendo que la introspección se apodere nuevamente de cada uno de los seres que, sentados, admiran al artista.
Gepe llega desde Chile con un bajo y un sintetizador. Sobre el escenario se proyectan audiovisuales, mientras Daniel Riveros, el cantante del dúo, sacude uno de sus brazos logrando que la introspección quede de lado y regresen los deseos de bailar.
El bajista y el cantante de Gepe se ensamblan a la perfección. A pesar de ser sólo dos, consiguen llenar el espacio con melodías sumamente pegadizas. Entre ellos, se miran, congenian y, finalmente, se complementan.
Algunos no resisten el cambio de estado de ánimo y prefieren irse. Sin embargo, quienes se quedan festejan con aplausos la llegada de la alegría.
“No te mueras tanto” termina con Riveros anunciando “say no more”. Automáticamente, el público se sonríe ante la presencia del recuerdo de Charly García. Minutos después, Gepe se despide. Casi como un tornado termina el show, logrando arrasar con el sentimiento melancólico que Coiffeur había despertado. La gente aplaude contenta. Es imposible no celebrar el subibaja al que fue sometida durante dos más de dos horas.
martes, 16 de junio de 2009
lunes, 15 de junio de 2009
Argonauticks, Mondongo Soho y La Patrulla Espacial en el Centro Cultural Favero

martes, 9 de junio de 2009
Refugio

martes, 2 de junio de 2009
Palo Pandolfo y Hermano Perro

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (http://www.flickr.com/danpeople)
La premisa es intentar llegar temprano al bar que está ubicado justo en la esquina de 17 y 71 de La Plata. Conseguir una mesa donde sentarse a esperar que Palo Pandolfo salga a tocar puede ser una tarea estoica. Los intentos son en vano. En la puerta de Ciudad Vieja, varias decenas de personas aguardan, bajo el frío húmedo que recae sobre la ciudad, a que los músicos terminen de probar sonido. Se amontonan, intentan comprobar si realmente existe el calor humano. Recién entonces, las puertas se abren.
Hermano Perro sale a escena. Cuatro hombres con sus respectivas corbatas, dignas para la ocasión, se acomodan bajo las luces y empiezan a interpretar una melodía inesperada. Quizás por la utilización de una mandolina, que rememora a Europa del Este, la banda sorprende.
“Árboles que van a la corriente. Tartagal, Tartagal, Tartagal”, anuncia Matías Levy, el cantante poliinstrumental (también toca la percusión y el kazoo) de Hermano Perro. La gente se ríe y la banda empieza a interpretar una canción que por momentos resulta dolorosa. La voz no busca la perfección, permitiéndose jugar con la afinación. Va creando climas que son profundizados por el arco que frota las cuerdas del violoncello que Miguel Khoury tiene entre sus manos.
Aunque son pocos los que se acercaron a Ciudad Vieja para ver a Hermano Perro, cuando termina el show todos aplauden e incluso algunos se animan a pedir una canción más. Para las bandas soporte no hay tiempo para bises. La música tapa las voces del público y “Last nite” de The Strokes suena.
Palo Pandolfo sube al escenario como un boxeador dueño del título mundial. Aclamado. Él y su guitarra dan inicio al recital. Toca una versión argentinizada de “Karma police” de Radiohead. La desafina, la grita. Como si fuera poco, la letra en español no termina de cuadrar con la melodía. Pero así y todo, el público festeja la interpretación mientras canta a los alaridos.
Un bajista, un percusionista y un violinista acompañan a Pandolfo. Recién a partir de entonces las cosas empiezan a tomar un poco de color. El cantante baila, haciendo movimientos pélvicos que rememoran a Sandro. Las piernas, claro, son espejo de una actuación del rey del rock n’ roll.
El público se enardece. Palo Pandolfo se sacude de espaldas y después gira para cantar con fuerza uno de los temas más esperados pos sus fans: Ella vendrá. Las mujeres lanzan un aullido, como si se tratase de un recital de Alejandro Sanz. “Ella vendrá, y las heridas que marcan mi cara se secarán en su boca de agua”, la gente corea el que, de seguro, es el hit principal del artista.
Poco después llega “Estaré”, esa especie de carnavalito que se hizo increíblemente popular durante los noventa. Una pareja baila en el reducido espacio que quedó libre junto a la barra, mientras Pandolfo golpea la madera del escenario con uno de sus pies, impulsándose con ese movimiento.
Cuando termina el recital, dos chicas treintañeras le gritan a Pandolfo. Una de ellas intenta tocar su brazo, como si se tratase de una estrella pop y él, sin notarla, se baja de un salto del escenario. Segundos después vuelve a subir para tocar dos temas más. Y luego la escena se repite por completo. Los mismos gritos, el mismo salto para evadir a la gente. Dos bises más.
El público se queda en el bar intentando extender por un tiempo más al jueves. Algunos, en la trastienda del lugar, cantan tangos de la mano de los músicos de Hermano Perro, que siguen desmesuradamente divertidos. A pesar de algunos traspiés con forma de voces desafinadas y destiempos, Palo Pandolfo logró dejar varias almas extasiadas en la esquina de 17 y 71.