martes, 14 de septiembre de 2010

Gran Cuervo en Centro Cultural Favero


El stoner psicodélico de la banda platense se entregó a la improvisación durante la madrugada del sábado. Paisajes climáticos, cambios de estados de ánimo y sonidos impredecibles fueron los condimentos de una noche en la que se demostró que en el rock no todo está inventado.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografías de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

La Plata, septiembre 14 (Agencia NAN-2010).- La capacidad de sorpresa es inacabable. Siempre que parece que ya todo ha sido inventando en el rock y que sólo pueden esperarse particularidades regaladas por los nuevos aires, alguien llega y quiebra el estado de calma de las cosas, convirtiendo en infructuoso cualquier esfuerzo que la mente intente hacer para descifrar el curso que podrán seguir los sonidos. A partir de entonces, no queda más que la entrega ciega y la espera de la próxima melodía, esa que resultará tan inesperada como la anterior. Y sí, en tiempos en los que la canción ha vuelto a ser la protagonista de los escenarios, el stoner setentoso de Gran Cuervo, experimenta improvisando en vivo durante la madrugada del sábado en el Centro Cultural Favero y eso es buen augurio de novedad.
En un rincón del Favero, el centro cultural platense que suele ser señalado como uno de los mejores lugares para tocar en la ciudad, un grupo de chicos se armó su propio living. Con una mesa ratona improvisada sobre la que descansan un par de botellas de cerveza vacías y rodeados de colillas de cigarrillos, esperan sentados en el piso. Apenas pasada la una de la mañana y atravesando el salón al grito de “¿alguien tiene fuego?”, Alfredo Guzmán, el guitarrista de la banda, se trepa al escenario. Lo secundan sus compañeros que sin muchos más preámbulos se cuelgan los instrumentos al hombro y, luego de que el theremin de Manuel Platino dé la señal, empiezan a tocar. La maquinaria de Gran Cuervo se pone en funcionamiento.
Una seguidilla de variaciones climáticas hace del primer tema de la noche una obra que llega a durar casi 15 minutos. Como en los jam session de las bandas de jazz, los cortes y las presentaciones son innecesarios y sólo un par segundos de aplausos apresurados son suficiente antesala para la siguiente canción. El ensamble ajustado entre batería, guitarras, bajo y theremín, que funcionan en perfecta sincronía, convierten a la melodía en un constante pasaje por estados de ánimo que, a pesar de la carencia de voces dirigidas al espectador, hacen imposible quitar la vista del escenario y obligan a atender a cada uno de los sonidos que llevarán hasta la fase siguiente.
“Esa música tiene drogas”, grita alguien del público después del tercer tema. La gente ríe y aplaude entregada a la novedad que Gran Cuervo propone atravesar durante la noche y, claro, consciente que con o sin sustancias es inevitable el viaje por esas melodías únicas, que por desarrollarse en improvisaciones son obras irrepetibles.
La crudeza del stoner experimental de la banda se siente con el cuerpo, que recibe el movimiento constante del piso de madera. La vibración del suelo no se detiene, a la par de las distorsiones que Alfredo ejecuta en su guitarra mientras que la batería de Poli es golpeada con fuerza. La compañía de los sonidos espaciales del theremín, junto a la guitarra de Frank Boston y el bajo de Chelosky completa la escena, que por momentos hace espeso al ambiente, para luego volver a abrirse.
Gran Cuervo disfruta de su música, de eso no hay dudas. En los momentos en los que Manuel no está pendiente de la frecuencia que despide el theremín, sacude su cabeza a ritmo aprobando los sonidos que sus compañeros realizan. De igual manera, el guitarrista de la banda se encorva y vuelve a incorporarse a medida que la melodía lo demanda.
Después de una hora y media de recital, el final llega de la misma manera que cada una de las notas de las canciones: sin previo aviso, como una sorpresa inesperada, imposible de predecir. Los músicos se descuelgan los instrumentos con velocidad y se retiran entre aplausos sin necesidad de mediar palabras. Con el escenario vacío, los cuerpos pululan felices ante la certeza de que no todo ha sido inventado. La capacidad de sorpresa es definitivamente ilimitada.



4 comentarios:

nwll dijo...

Buena reseña, estuvo muy buena la fecha. El Favero rulea, a la gente le da paja ir, no es lejos, solo hay que cruzar la via.

nwll
www.soundcloud.com/vientoelectricorecords

Caro Sánchez Iturbe dijo...

Gracias!
Sí, es cierto, a la gente le cuesta ir hasta ahí... Será la sensación de cruzar la vía que hace que parezca que queda lejos?
:)

May dijo...

Porque no cuesta cruzar la via? jaja saludos

Caro Sánchez Iturbe dijo...

Vaya uno a saber... Cosa e' mandinga! jajajajajajaja

Abrazos! :)

Y sí seguís explorando? (si total, no nos vamos a dormir...)

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