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lunes, 28 de junio de 2010

Esa extraña y eléctrica fiesta


Cumplimos 6 años y esta vez si nos decidimos. Hicimos una fiesta para festejar como corresponde. Lo que quedó de una noche con todo...
la cuenta: Caro Sánchez Iturbe
la muestra: Emilia Bianchi (http://suboescalerasarriba.blogspot.com/)

Durante el festejo del 6º aniversario de la revista, el Centro Cultural Favero se pobló de hermosos perdedores heterogéneos, dispuestos a dejar de estar dispersos por la ciudad a fuerza de convertir a la noche en su noche.

Los extraños invaden la calle. Sin siquiera conocer los nombres de los demás, aunque manteniendo registro de varios rostros familiares después de un sinnúmero de madrugadas eléctricas, eligen reunirse y festejar en el Centro Cultural Favero, un lugar común para todos ellos, una de esas covachas que, quién sabe porqué, siempre da la sensación de estar como en casa. Es que haber logrado que durante seis años alguien mirara a esos extraños desperdigados y reconociera su valor celebrando sus diferencias, no es moco de pavo.
Mientras Ciudad Bajo la Niebla suena a un volumen que obliga a apretar las muelas, el festejo todavía viene calmo. Apenas hace unos minutos que el calendario marca la llegada del tercer sábado de mayo y, como es costumbre, varios extraños esperan a que pasen un par de horas para reencontrarse en el Favero. Los puntuales, mientras, se mueven con tranquilidad, aprovechando la excusa para, empuñando algún que otro brebaje, aliarse con viejos conocidos y mantener algo más que una charla de ascensor.
Para cuando El Perrodiablo se dispone a explotar en los sorprendidos cerebros de los extraños, la cosa ya está caldeada. En la parte trasera de la casa antigua, tuneada con luces para la ocasión, docenas de cuerpos se amontonan dispuestos a protagonizar el costado electro/experimental de la velada, de la mano de artistas como Chico Ninguno, Ale Gamba y Mario Rustom. Por su parte, el hall empieza a parecer más chico de lo que realmente es y en él no sólo confluyen los raros peinados nuevos y viejos, sino que también las voces comienzan a entremezclarse con las melodías que ejecutan los músicos. Mientras tanto, desde un costado del escenario de la sala central, Doma se revuelca por el piso, para un microsegundo después dar saltos y caminar sobre la cabeza de sus compañeros, que liberan a sacudones las descargas eléctricas que los invaden. En semicírculo, los extraños observan absortos la escena, recibiendo con el pecho cada uno de los impulsos energéticos de la banda.

Santi Casiasesino y su guitarra compensan, desde la parte de atrás del Favero, los enviones demoledores de El Perrodiablo. Aunque hasta hace poco se sacudían con el sonido digitalizado de la electrónica, los cuerpos reciben con agrado la llegada del recreo del movimiento. Sumergiéndose en la marea de gente, y ya con la remera calzada, Doma camina con un té en la mano, como si él no fuese el hombre que unos minutos atrás gritaba en cueros.
Frente a un flash, dos chicas intentan perpetuarse. Detrás de ellas, otro flash ilumina al corpiño calado y negro de La Marica Mala, que sonríe mostrando hasta la campanilla. Anteojos de sol protegen de las luces azules a los extraños, mientras algunas ilustraciones los miran fijo desde la pared. Lejos, pero no tanto, sobre una mesa se ofrecen discos independientes a precios promocionales. El combo conviene y más de uno se muestra triunfante con dos álbumes a 30 pesos bajo el brazo.
La fiesta no para. Aún en las antesalas de los shows, la gente se mueve, da breves chillidos y ríe. Todo para después retomar la charla con alguno de los espectadores, muchos de los que también son artistas. Las vueltas en círculo por el lugar se suceden, como si nadie quisiera dejar de ser parte de ni siquiera el más mínimo detalle. Pero justo al lado de la baranda del hall de entrada, que tiene la función de evitar que los invitados se apropien del subsuelo sin funcionamiento del Favero, está el aleph de la celebración, ese punto del espacio en el que es posible escuchar con claridad las músicas que se ofrecen en los dos escenarios y mirar pasar a los diversos extraños que, gozosos, le dan cuerpo a la noche. Una noche, la propia, en la que los hermosos perdedores toman la esquina de 117 y 40 y dejan de estar dispersos por la ciudad.

Condición Extraños - Nº 25, Junio de 2010
(siempre es mejor la versión en papel)

miércoles, 26 de agosto de 2009

Señor Tomate y Los Álamos


El lunes es un día atípico para ver bandas. Aunque sea feriado, es como verlas un domingo. Sin embargo, Los Álamos y Señor Tomate se las ingeniaron para, durante más de dos horas, sacudir el cuerpo de los inquietos.


Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (www.flickr.com/danpeople)


Durante las dos horas de espera, el centenar de seres que se acercó hasta el Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata se humedece agolpado en el patio interno del lugar. El calor humano deja de ser una posibilidad y la sala en la que se realizarán los shows de Señor Tomate y de Los Álamos se transforma en la meca.
Recién cerca de las diez de la noche, las puertas se abren, dejando al descubierto a un salón vacío, que, por la carencia de las habituales sillas, llama la atención. Es inminente la llegada del rock.
Los Álamos se trepan al escenario y, automáticamente, un sonido que tranquilamente podría musicalizar una película de Quentin Tarantino invade el lugar. Con la guitarra electroacústica colgada al hombro, Peter López, el cantante de la banda, rememora la actitud recia de Neil Young, mientras se permite entonar letras en inglés, completando la escena que invita a despegar los pies del suelo.
Los Álamos son un combo perfecto. Se ensamblan y logran que esos sonidos propios de América del Norte no resulten lejanos para los oídos argentinizados. Aunque el lugar parece reducido para la cantidad de gente, alguna que otra pareja intenta bailar algo parecido a un cuarteto tomándose de las manos. Mientras tanto, la banda suena en su mayor potencia posible, aunque sin aturdir, envolviendo al público en un trayecto que por momentos parece lisérgico.
Jonah Schwartz, el extranjero de Los Álamos, casi todo el tiempo toca la mandolina como si se tratase de una guitarra eléctrica en pleno solo. Cuando se apodera de una armónica, resulta claro que la manera de interpretar los instrumentos es una cuestión de actitud: para ser rocker hay que sacudirse.
El recorrido a través del sonido de Los Álamos es coherente. El orden de las canciones parece ser estudiado meticulosamente, buscar que el clima se caldee poco a poco, de la mano del sonido que trascurre in crescendo hasta concluir con el cantante revolcándose en suelo del escenario, mientras la banda ejecuta los últimos golpes sobre su presa, hasta por fin terminar de asesinarla.
Después de una hora de show, y del bis obligatorio, la espera vuelve a rondar por el lugar, aunque ésta vez sólo dura quince minutos. Poli, la cantante de Señor Tomate, aparece en escena escondida bajo un sombrero de lana de llama.
Las imágenes de ambulancias, enfermeros deformes y pastillas que adornan al escenario presagian el ambiente que crean los Tomates durante su hora de espectáculo: las canciones plagadas de letras afectadas psiquiátricamente parecen un juego digno de ser festejado con el cuerpo como en un rito liberador.
“Nos gusta bailar lentos, por eso hacemos estas canciones”. Después de invitar al público a moverse, la frontwoman de la banda ironiza acerca del tono depresivo que acecha constantemente a sus melodías, para luego volver a cantar sin temor a parecer desafinada.
A diferencia de Los Álamos que no dejaban ningún hueco de silencio en sus interpretaciones, Señor Tomate sortea los baches que el sonido de dudosa calidad y sus propias composiciones le ubican en el camino. Como si las pequeñas imperfecciones fueran imperceptibles, la gente no deja de sacudirse pegada al escenario, dando a entender que esa fiesta de lunes es un regalo imposible de rechazar.
“Si el tiempo es tirano y el mundo que te calcina, saquémonos el peso pesado por ir a contramano”, corea el público, al tiempo que mueve los brazos y se dispone a dar saltos de alegría mientras Poli canta “nací para ser así, creo que está bien que me veas así, tal cual soy”.
Cuando Señor Tomate se despide, todo parece volver a la normalidad rápidamente. La gente se retira del lugar casi de inmediato, dejando otra vez a la ciudad desierta, como en cualquier lunes ordinario, quizás intentando llevarse consigo la catarsis, con forma de emoción suicida y de sobreexcitación lisérgica, que experimentó durante esta noche.

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lunes, 6 de julio de 2009

The Falcons, Thes Siniestros y Fantasmagoria

Esquivando a la emergencia sanitaria, The Falcons aterriza en el Centro Cultural Favero de La Plata y baila. La noche promete ser larga: Thes Siniestros continuarán con la danza desenfrenada de la mano de rocabillis y rancheras mexicanas. Todo para finalmente descubrir la belleza junto a Fantasmagoria.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (
http://www.flickr.com/danpeople)

Pura actitud. Poco después de la una de la madrugada, Ramiro Sánchez, el cantante de The Falcons, imita a un surfista. Extiende los brazos e, intentando conservar el equilibrio, mueve las caderas. A su derecha Nicolás Nehele, uno de los guitarristas de la banda, se sacude frenético a un ritmo que parece estar sólo en su cabeza.
“Comienza ya a moverte y no pienses en nada, de nada, de nada”. Como si aquel coro fuese una consigna imposible de eludir en la noche del sábado platense, las piernas de los espectadores se mueven tímidas. Frente al escenario del Centro Cultural Favero, sin dirigirle la mirada al cantante, que por momentos parece tener una voz que encajaría mejor con otra melodía, una pareja gira tomada del brazo. Juego de niños.
Una hora después, cuando Thes Siniestros preparan el escenario para salir a tocar, luego de que los Falcons se despidieran sin dejar lugar a bises, lo hacen frente un salón vacío. En el tiempo intermedio, la gente se amontona junto a la improvisada barra ubicada en una habitación por de más iluminada.
Grito de guerra. Un chillido que emula el de un chaparrito mexicano obliga a los cuerpos a moverse con velocidad hasta el cuarto a oscuras donde toca la banda. A partir de entonces, los Siniestros no paran un segundo. Como si se tratara de un recital punk a la vieja usanza, no dejan casi silencios entre canción y canción. El aplauso no es parte del show.
Jota de Jesucristo, una de las voces y el bajista de la banda, relata en una de las canciones el propósito de los Siniestros: “llegaron tres enmascarados dispuestos a contagiar su peste de ritmo, su fiebre de vértigo a quien quisiera escuchar”. Después, una melodía que rememora al rockabilly más tradicional invade el lugar.
Con los rostros cubiertos por máscaras y enfundados en un riguroso uniforme negro y rojo, inspirado en los strait jackets, los músicos se convierten en parte del espectáculo caracterizando a forasteros que, desde las orillas mismas del mundo, llegaron para invertir el orden de la ciudad.
Sacúdete y muévete. Durante una hora, Thes Siniestros provocan que los cuerpos bailen flexionando las rodillas de la mano de la música que fusiona el rythm & blues con las rancheras mexicanas y el rock and roll de los ’50. Después, otra vez la espera mientras Fantasmagoria prueba sonido.
Aunque la única guitarra que suena es la acústica de Gori, el sonido de Fantasmagoria no deja baches, envuelve los oídos de quienes miran con sorpresa a esa banda que, recién llegada desde Buenos Aires, toca en una casa restaurada de La Plata y, finalmente, rockea como pocos.
Por momentos, el teclado de Volco le aporta un carácter psicodélico a las melodías sumamente pegadizas, logrando que la música, influenciada por el rock de los sesenta, deslumbre.
Gori canta con el cuerpo entero. Gira, mira al baterista y sacude las piernas. La gente aplaude, eleva los brazos y arenga al artista. Todos parecen gestos impulsivos que buscan descargar la energía que desde el escenario el cantante contagia.
Con “Alicia” llega uno de esos momentos que serán difíciles de olvidar. La belleza de la canción, el ambiente lúgubre aunque, extrañamente, esperanzador que recrea la música y la particular voz de Gori completando la escena, consiguen que por un par de minutos el tiempo se detenga alejando a todas las pestes que puedan acechar.
Fantasmagoria, que tranquilamente podría ser el nombre de una película de terror, resume en tres cuartos de hora el espíritu de toda una noche: si el fin del mundo está cerca, más vale que nos encuentre felices.

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jueves, 18 de junio de 2009

Chico Ninguno, Coiffeur y Gepe


Las diferencias estructurales que hay entre Chico Ninguno, Coiffeur y Gepe lograron que el show que brindaron juntos en La Plata oscile constantemente entre la alegría desmedida y la melancolía. Como combinar artistas diversos y lograr una comunión perfecta.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Facundo Gaisler (http://www.flickr.com/fotosgraficas)

Noche ciclotímica. El domingo de vísperas de feriado en La Plata el clima, junto con el estado de ánimo, cambia constantemente en el Centro Cultural Islas Malvinas. De la alegría infinita a la introspección, para volver a la alegría, sin escalas.
El inicio del minifestival está estipulado para las 9 de la noche. Sin embargo, Chico Ninguno sube al escenario una hora después. Antes de comenzar su show, un hombre disfrazado de dinosaurio presenta la fecha, mientras gesticula con los brazos. Después empieza a sonar “Egoísta”.
A pesar de haber elegido canciones más intimistas para la ocasión, Chico Ninguno no puede evitar generar deseos de bailar. El público, atornillado a las sillas de aquella sala excesivamente formal, observa al muchacho sacudiéndose, aunque contenido, arriba del escenario.Poco después, un hombre vestido de negro y con una bolsa en la cabeza, junto con el dinosaurio, aparece en escena y salta a la par de Chico Ninguno y La Marica Mala Programada Para El Mal, que es el encargado de ejecutar las bases de las canciones desde su laptop.
Ocho canciones parecen pocas. La presentación termina con el cantante gritando “hoy es el mejor día de mi vida”. “Futuro Perfecto” invita a bailar, pero nadie se hace eco de la propuesta. Sería incómodo, quizás incluso inadecuado.
Lejos de las pelucas y los disfraces, Coiffeur llega al escenario del Islas Malvinas acompañado solamente por su guitarra. Quizás por lo sucedido anteriormente en ese Centro Cultural, o por pura casualidad, el cantautor decide empezar su presentación cantando “salgamos a bailar, el beat nos va a ayudar”.
Poco a poco el clima empieza a tranquilizarse. La gente olvida la vorágine en la que Chico Ninguno la envolvió y se relaja para escuchar las letras de Coiffeur. Él canta casi a los gritos, mientras mira con constancia a su guitarra y golpea la madera del piso del escenario con un pie marcando el ritmo.
Silencio hospital. En el público no se siente ni siquiera un murmullo. La atención recae sobre la voz de Coiffeur, que es increíblemente hermosa. Como si se trataran de poemas a los que es necesario escucharlos sin perder un solo detalle, la música pasa a ocupar un segundo plano en el que su única función es dar resguardo a las letras.
Como en una improvisación, Coiffeur pregunta cuánto tiempo le queda. A partir de entonces, emprende la retirada que, finalmente, aparece de la mano de “¡Qué mala suerte!”, única canción en la que la gente se permite golpear los pies y, aunque sea levemente, romper con el silencio para murmurar “Lo que se ve y lo que dejo entrever, ahora lo entiendo… al menos eso creo”.
Coiffeur se despide con velocidad, pero el público pierde el mimetismo en el que se había encerrado y pide un tema más. Entonces, “Cataratas” vuelve a abrir el juego, permitiendo que la introspección se apodere nuevamente de cada uno de los seres que, sentados, admiran al artista.
Gepe llega desde Chile con un bajo y un sintetizador. Sobre el escenario se proyectan audiovisuales, mientras Daniel Riveros, el cantante del dúo, sacude uno de sus brazos logrando que la introspección quede de lado y regresen los deseos de bailar.
El bajista y el cantante de Gepe se ensamblan a la perfección. A pesar de ser sólo dos, consiguen llenar el espacio con melodías sumamente pegadizas. Entre ellos, se miran, congenian y, finalmente, se complementan.
Algunos no resisten el cambio de estado de ánimo y prefieren irse. Sin embargo, quienes se quedan festejan con aplausos la llegada de la alegría.
“No te mueras tanto” termina con Riveros anunciando “say no more”. Automáticamente, el público se sonríe ante la presencia del recuerdo de Charly García. Minutos después, Gepe se despide. Casi como un tornado termina el show, logrando arrasar con el sentimiento melancólico que Coiffeur había despertado. La gente aplaude contenta. Es imposible no celebrar el subibaja al que fue sometida durante dos más de dos horas.

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martes, 2 de junio de 2009

Palo Pandolfo y Hermano Perro


Palo Pandolfo se presentó el jueves pasado en La Plata, después de un show sorprendente de Hermano Perro. Fanatismo incontrolable de la mano de uno de los clásicos del rock.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (http://www.flickr.com/danpeople)

La premisa es intentar llegar temprano al bar que está ubicado justo en la esquina de 17 y 71 de La Plata. Conseguir una mesa donde sentarse a esperar que Palo Pandolfo salga a tocar puede ser una tarea estoica. Los intentos son en vano. En la puerta de Ciudad Vieja, varias decenas de personas aguardan, bajo el frío húmedo que recae sobre la ciudad, a que los músicos terminen de probar sonido. Se amontonan, intentan comprobar si realmente existe el calor humano. Recién entonces, las puertas se abren.
Hermano Perro sale a escena. Cuatro hombres con sus respectivas corbatas, dignas para la ocasión, se acomodan bajo las luces y empiezan a interpretar una melodía inesperada. Quizás por la utilización de una mandolina, que rememora a Europa del Este, la banda sorprende.
“Árboles que van a la corriente. Tartagal, Tartagal, Tartagal”, anuncia Matías Levy, el cantante poliinstrumental (también toca la percusión y el kazoo) de Hermano Perro. La gente se ríe y la banda empieza a interpretar una canción que por momentos resulta dolorosa. La voz no busca la perfección, permitiéndose jugar con la afinación. Va creando climas que son profundizados por el arco que frota las cuerdas del violoncello que Miguel Khoury tiene entre sus manos.
Aunque son pocos los que se acercaron a Ciudad Vieja para ver a Hermano Perro, cuando termina el show todos aplauden e incluso algunos se animan a pedir una canción más. Para las bandas soporte no hay tiempo para bises. La música tapa las voces del público y “Last nite” de The Strokes suena.
Palo Pandolfo sube al escenario como un boxeador dueño del título mundial. Aclamado. Él y su guitarra dan inicio al recital. Toca una versión argentinizada de “Karma police” de Radiohead. La desafina, la grita. Como si fuera poco, la letra en español no termina de cuadrar con la melodía. Pero así y todo, el público festeja la interpretación mientras canta a los alaridos.
Un bajista, un percusionista y un violinista acompañan a Pandolfo. Recién a partir de entonces las cosas empiezan a tomar un poco de color. El cantante baila, haciendo movimientos pélvicos que rememoran a Sandro. Las piernas, claro, son espejo de una actuación del rey del rock n’ roll.
El público se enardece. Palo Pandolfo se sacude de espaldas y después gira para cantar con fuerza uno de los temas más esperados pos sus fans: Ella vendrá. Las mujeres lanzan un aullido, como si se tratase de un recital de Alejandro Sanz. “Ella vendrá, y las heridas que marcan mi cara se secarán en su boca de agua”, la gente corea el que, de seguro, es el hit principal del artista.
Poco después llega “Estaré”, esa especie de carnavalito que se hizo increíblemente popular durante los noventa. Una pareja baila en el reducido espacio que quedó libre junto a la barra, mientras Pandolfo golpea la madera del escenario con uno de sus pies, impulsándose con ese movimiento.
Cuando termina el recital, dos chicas treintañeras le gritan a Pandolfo. Una de ellas intenta tocar su brazo, como si se tratase de una estrella pop y él, sin notarla, se baja de un salto del escenario. Segundos después vuelve a subir para tocar dos temas más. Y luego la escena se repite por completo. Los mismos gritos, el mismo salto para evadir a la gente. Dos bises más.
El público se queda en el bar intentando extender por un tiempo más al jueves. Algunos, en la trastienda del lugar, cantan tangos de la mano de los músicos de Hermano Perro, que siguen desmesuradamente divertidos. A pesar de algunos traspiés con forma de voces desafinadas y destiempos, Palo Pandolfo logró dejar varias almas extasiadas en la esquina de 17 y 71.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

Gary Burton

El vibrafonista de Indiana llegó al Teatro Argentino de La Plata para, acompañado por cinco músicos, crear durante dos horas un ambiente único en el que la belleza reinó.

Texto y fotografía por Carolina Sánchez Iturbe

El paraíso es posible. La perfección también. Existe en seis hombres que, sobre el escenario del lujoso Teatro Argentino de La Plata, interpretan obras de Astor Piazzolla, creando un microclima plagado de belleza en la sala Alberto Ginastera.
Nadie dudó jamás del talento del vibrafonista Gary Burton. Tampoco de la precisión y la excelencia de Pablo Ziegler, Héctor Console y Fernando Suárez Paz, músicos que formaron parte del último quinteto de Piazzolla. Sin embargo, cuando ellos cuatro tocan los complejos tangos del maestro Piazzolla, junto a Ricardo Lew y Marcelo Nisinman, no dejan lugar a las obviedades y, en cambio, sorprenden.
Burton toca con todo el cuerpo. Mientras golpea las láminas de aluminio, sus piernas se sacuden marcando el ritmo y su cabeza acompaña el movimiento constante de sus manos. La concentración se apodera de su rostro que se contrae, fijando la vista en su instrumento, casi como emulando la expresión de un técnico de quien depende que una catástrofe no se desate.
Cuando la melodía lo requiere, el contrabajo de Console se convierte en un instrumento de percusión en el que las manos de músico argentino imprimen el ritmo, mientras el pianista Zigler, como en un exabrupto de deleite, se levanta de su asiento y, imitando a su compañero, golpea el costado de su piano. Burton los observa con placer hasta que llega el momento de que su vibráfono intervenga.
Lejos del egoísmo, Burton permite que los músicos que lo acompañan se luzcan. Los presenta con orgullo y les encomienda la ejecución solos en varias piezas. La estrella del espectáculo evita el divismo y se preocupa por hacer honor a las obras de Piazzolla.
La versión de “Adiós Nonino” estremece. Los cuerpos de los 1500 espectadores que son testigos del arte de Burton son invadidos por un escalofrío. Una chica joven mira absorta desde la segunda fila de la platea, mientras su rostro húmedo no intenta disimular la emoción que se apoderó de ella. El efecto de la belleza.
All that jazz. La fusión de los sonidos jazzeros con el tango hacen de las interpretaciones de las ya tradicionales piezas de Piazzolla creaciones únicas. Por momentos parece surrealista que semejante precisión en las melodías sea posible de ser ejecutada en vivo. Es que, como un relojito, la banda se entiende y, fiel a las partituras, resignifica las canciones, entregando a su público un espectáculo exquisito.
Cuando Burton se despide, la gente pide de pie, entre aplausos y gritos, que el músico le regale una canción más, para emprender el regreso. Los músicos se acomodan frente a sus instrumentos y el vibrafonista anuncia que tocarán su pieza favorita, “La muerte del ángel”. Una exclamación de alegría resuena en la sala que, segundos después, recobra el silencio para intentar apropiarse de cada uno de los sonidos que se ejecutan en el escenario.
Las luces de la araña antigua del teatro se encienden y Gary Burton se abraza a sus compañeros y saluda. Luego de que los músicos se retiren del escenario, los aplausos los obligan a volver a salir. Emocionado, Burton agradece y saluda. La felicidad que transmite su sonrisa enorme es la misma que se percibe en los cuerpos que, oficiando de espectadores, durante dos horas creyeron en la posibilidad de la existencia de un mundo perfecto.

jueves, 30 de abril de 2009

Chico Ninguno


Umagrama, Fok Electrochongo, Chico Ninguno y Finger Voodoo se proponen ser los dueños de la fiesta del sábado, poniendo a prueba el estado físico de su público. Obligada a bailar hasta la mañana del domingo, la gente se sacude para mirar de frente a la promesa de la música electrónica platense.

Texto y fotografía por Carolina Sánchez Iturbe

“Bailando, bailando, amigos adiós el silencio loco”. Como una consigna imposible de eludir, Chico Ninguno versiona una de esas canciones más famosas de los ’90, de la cual nadie recuerda su intérprete.
Antes, mucho antes de que Pura Vida se convirtiera en una pista de baile y justo después del debut de Umagrama, Fok Electrochongo sube al escenario y, frente a 200 personas, se apropia de los cuerpos de la mano de su electro pop con tintes románticos. Una camisa llena de lentejuelas plateadas destella mientras aquel hombre musculoso baila y canta.
Los temas propios son invitaciones constantes a enamorarse brutalmente, los covers de Los Violadores y de Miguel Mateos no, irritan, aunque, por la simpatía del cantante, que se va desvistiendo de a poco sobre el escenario, es imposible no intentar seguirle el ritmo.
Después de que Fok termina su show bailando en calzoncillos, Chico Ninguno sube al escenario, que está adornado por un figurón de Robocop que amenaza con disparar, y espera frente al micrófono a que Juan Cruz, el único músico que lo acompaña, se acomode detrás de la computadora desde la que ejecutará las bases de las canciones. Un error en la pista obliga al cantante a colgarse la guitarra y empezar el recital de un modo atípico: “Egoísta”, una de las baladas de él, permite descubrir que este muchacho de La Plata puede crear canciones preciosas. El tiempo se detiene durante los tres minutos en que Chico Ninguno canta “no sé por qué me gusta tanto enfrentarme a vos, haces lo mismo que yo, olvidándote todo”. Para después, y con el show listo, reiniciar su marcha frenética. Un oasis en la noche.
Chico Ninguno se divierte, mientras mira a la gente de frente, sin timidez. Como por contagio, su público se electriza, haciéndose cargo de la consigna con las piernas y los brazos. Cada vez que la computadora de Juan Cruz despide la melodía de alguno de los temas “bailables”, el cantante se protege detrás de unos anteojos de sol al tiempo que se dispone a sacudirse como si una descarga eléctrica cayera sobre su cuerpo, obligando a sus brazos a tensionarse y combatir contra algún enemigo invisible.
Pegada al escenario, que no está a más de medio metro del piso, la gente imita a Chico Ninguno y, como una marea, se tambalea de lado a lado intentando compartir en la intimidad del pequeño salón de 8 y 60 ese momento de felicidad inexplicable.
“Hoy estamos presentando el primer disco de Chico Ninguno, que pronto podrán descargar desde Internet”. Una voz nasal que recuerda a las peores gripes y que, al mismo tiempo, convierte a Chico Ninguno en un personaje de caricatura anuncia el verdadero motivo del recital. A pesar de que se trata de un concierto de inauguración, el público parece conocer todas las canciones: las corea festeja como si se trataran de hits.
Momento de recuerdos. Cuando suena el cover de Paradisio, “Bailando”, una chica de cabellos revueltos y anteojos de sol redondos se sonríe satisfecha, mientras sacude la cabeza al ritmo de la música. Quienes la rodean, la siguen mientras repiten “sí señor, coronas de cristales, yeah, yeah, yeah”.
“Si sirvo para hacerte bien, me quedaré con vos”. La frase hipnotiza a quienes hasta recién bailaban frenéticamente. “Adentro/Afuera” es otra demostración de que cuando Chico Ninguno se dispone a crear canciones hermosas, lo hace a la perfección. Su voz se apodera de todos los cuerpos sudorosos, mientras los versos del tema resuenan en las cabezas como si fueran dedicados especialmente a cada persona que se acercó hasta Pura Vida.
Una hora después del inicio del recital, cuando Chico Ninguno baja del escenario, la fiesta sigue. Finger Voodoo se acomoda junto a la bandeja desde la que durante toda la noche hizo más agradables a los intervalos, y se propone a no dejar que nadie se retire de ese bar. Envuelto en un manto rojo, y con la electrónica explosiva que sólo un enviado del demonio podría tocar, consigue su cometido.
Son las 8 de la mañana y todavía algunos seres resisten. Mientras se esconden de la luz que entra por la puerta de salida, saltan y se sacuden, al mismo tiempo que Satán se apropia de los dedos que musicalizan sin tregua.


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lunes, 13 de abril de 2009

La Secta y Mostruo!


Después de la presentación, ya por costumbre impecable, de Mostruo!, La Secta toma el escenario de Ciudad Vieja y, valiéndose de una actuación detalladamente calculada, inicia la ceremonia. Oscuridad y provocación en una noche de jueves santo.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (http://www.flickr.com/photos/danpeople)

Ciento veinticinco herejes. Eso sin contar a músicos y empleados. 125 almas se amontonan durante el jueves santo en Ciudad Vieja y, con esfuerzo, buscan un hueco entre los demás cuerpos que les permita ver el show. Es que si no se tiene visibilidad del escenario, se pierde la mitad del entretenimiento que ofrece La Secta.
Cuando Mostruo! se prepara para iniciar su show, el bar platense de 17 y 71 ya está desbordando su capacidad. Kubilai Medina se disculpa porque acaba de llegar al lugar, así que la prueba de sonido será una canción. Profesionalismo puro. No más de diez minutos son necesarios para que la banda se aceite y arranque sin complicaciones, justo en el instante en el que, por la cercanía de los cuerpos, se inicia el segmento intimista del recital.
Como buenos rockers, cuando los Mostruo! se ponen románticos son un placer. A la “ausencia” que canta Lucas Finocchi, el guitarrista, la siente todo el público, del mismo modo que no quiere decirle que sí a esa mujer que Kubilai describe en “No”. Después, el recorrido sigue, pululando entre “Grosso”, el primer disco de la banda, y “La nueva gran cosa”, su último trabajo editado.
“Ese oso, ese oso”, corean los 125 herejes, pidiendo que la banda no se despida sin antes tocar el que podría ser el hit de Mostruo!. Medina, Finocchi, Luciano Mutinelli y Federico Mutinelli responden a la petición y la canción resuena en Ciudad Vieja. Después se despiden, anunciando que en pocos minutos La Secta se apropiará del escenario que hasta entonces fue de ellos.
Una mujer se abre paso entre la gente. Apurada, se asegura de que los siete encapuchados que la siguen puedan llegar hasta el escenario. Vestidos de riguroso negro, los hombres de La Secta se acomodan y, en un bar en penumbras, se inicia la performance.
Las luces azules hacen juego con el sonido oscuro. Gastón Cigolani, la voz cantante y actoral de la banda, provoca al público con cada gesto de su cuerpo. A su lado, Alejandro Arecha, Marcos Scarafoni, Hugo Fernández, Fabián Piccinelli, Ulises Cremonte y Esteban Goral son parte del juego y, caracterizando personajes que funcionan a la perfección dentro de una gran máquina, bailan y se desenvuelven al ritmo de las canciones que rememoran en exceso a Prodigy.
El cover de “Mirada speed”, el tema de Virus, no podría quedarle mejor al sonido industrial/electrónico de La Secta. La versión se despoja de todo rastro de dulzura pop de Moura y se convierte en una canción frenética y perfectamente violenta.
Un par de linternas envueltas en plástico rojo forman parte de la utilería. Gastón, Ulises y Alejandro bailan al ritmo sintetizado de “El volador”. En perfecta coordinación con sus compañeros, el cantante se las arregla para entretanto entonar “con la mente en blanco y los humos transparentes te atrapó en el aire, luces de colores, sobrevuela el agua encantador el volador”. Actuación ininterrumpida.
Dos chicos del público juegan a batallar entre ellos como personajes de Mortal Kombat. El rito se extiende, el público pasa a ser parte de la performance. La Secta, por momentos, se convierte en una banda integrada por más de cien personas.
El lamento generalizado se debe al exceso de gente, no por una cuestión de incomodidad, sino porque todos saben que será imposible que en este recital el cantante salte del escenario para entremezclarse entre las mesas, o que Cremonte, el actor de la banda, tome a alguien del público y lo convierta en protagonista. Se acota una de las herramientas más poderosas de La Secta: la ruptura del espacio.
“Rolla, rolla, desenrolla, tira, tira, plaf, plaf, plaf”. El final llega con forma de bis y siguiendo con lo lúdico. Después de bailar por el escenario imitando a un robot, y de versionar una canción infantil, Gastón se abraza a sus compañeros y, como en una función de teatro, saluda a su público, que aplaude y grita después de haber sido, durante más de una hora, parte de la gran ceremonia del rock.

jueves, 9 de abril de 2009

The Charlie's Jacket


Acompañados por La Ira del Manso y Los Lugosi, y con una de las mejores ejecuciones del rock electrónico, The Charlie´s Jacket se presentaron en La Plata, inaugurando la noche de mayor convocatoria del 2009 en Pura Vida. Invitación al pogo a la vieja usanza.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (http://www.flickr.com/photos/danpeople)

La diversidad manda. En una ciudad como La Plata en la que alrededor de sesenta bandas diferentes se presentan por fin de semana, la multiplicidad de propuestas es la que prima.
Esa diversidad es la misma de la que se hacen eco los bares, proponiendo extensas noches de rock, en las que las bandas no necesariamente deben parecerse entre sí. Ampliar el público es uno de los objetivos.
Pura Vida, como buen bar de rock de la ciudad, cada fin de semana intenta juntar a bandas que poco tienen que ver entre sí. Y lo logra. El sábado es la vedette del lugar. Es el día en que, por fin, el tiempo parece no existir y la gente se toma la licencia de bailar hasta las 7 de la mañana, hasta que el cuerpo pida a gritos descansar.
La ira del Manso desembarca en Pura Vida alrededor de las tres de la mañana con el noise que la caracteriza y que, al mismo tiempo, se sostiene en las guitarras por de más distorsionadas. El punk melódico invade al público que, por ser excesivamente numeroso, intenta acomodarse en alguno de los costados del bar para, aunque sea mal, deleitarse con el sonido. Después de una hora, le llega el turno a Los Lugosi.
Dos bajos, un sintetizador y una batería es toda la formación de Los Lugosi. En un mundo en el que los guitarristas son mayoría, la carencia de ellos en una banda es de por sí novedosa. Aunque el sonido resulta por momentos hueco a causa de la utilización de bases poco elaboradas, la propuesta no deja de ser atractiva.
La melodía potente de Los Lugosi retumba en las paredes de Pura Vida durante una hora y, finalmente, termina por agotar los oídos de más de doscientas personas que, sin embargo, esperan con ansias a que The Charlie’s Jacket cierre la noche.
La tecnología resuelve. Para las bandas, siempre fue difícil conseguir bateristas. Los músicos abundan, pero los bateristas no. Ahora, en la era digital, una computadora siempre es la mejor solución. Las bases son perfectas y, además, le dan un sonido diferente a las melodías. Ese sonido particular es del que se apropió The Charlie’s Jacket para conformar su rock electrónico, que es festejado por el público platense que desea bailar bajo el ritmo frenético de las imágenes que se proyectan en la pantalla gigante que es vestida por Los Amigos de la Imagen.
El pogo se apropia del pequeño salón en el que se ubica el escenario. La voz de Germen, el frontman de la banda, junto con su presencia escénica, enfundada en una chaqueta que rememora a Napoleón y acompañada por movimientos que constantemente invitan a abandonarse al sonido y, finalmente, perder la cordura, provocan que el baile del público evite la coordinación y se convierta en un empujar constante.
El lugar les queda chico. Es incómodo. Los Charlie’s convocan mucha más gente de la que Pura Vida puede albergar. Soportando empujones con el cuerpo y amontonado, el público inventa recovecos a la fuerza sólo con el objetivo de ser parte de lo que pareciera ser una de las vanguardias de La Plata.
Tras una hora y media de recital, The Charlie’s Jacket se retira después un bis, que parece rareza en tiempos que no dejan lugar a despedidas prolongadas. La energía de Germen, MatMan, Trapo y Bloide sigue rondando por las paredes de aquella casa restaurada de 8 y 60. Se trata de esa misma energía que ellos aseguran convertir en sonidos y que, a su vez, les dan más energías para crear más sonidos.

jueves, 19 de marzo de 2009

I need to take my medicine


Después de la presentación de Cabaret del Mar y Camión, Igor, el cantante de I need to take my medicine, se apropia de Pura Vida y atrae todas las miradas a fuerza de movimientos frenéticos y provocación con forma de grito, mientras una computadora y una bandeja para discos crean la base de sus canciones. Cómo seducir con pocos elementos y mucha actitud.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Lucía Garrote

La noche del sábado tiene una hora más y eso es bien recibido por quienes buscan que los males se despejen a la par del sonido que despiden los parlantes. Fiel a la costumbre platense, el público se acerca hasta Pura Vida, ese pequeño bar/casa que fue ampliado luego de derribar paredes y aunar espacios, recién cerca de las tres de la mañana.
La madrugada promete ser larga y Cabaret del Mar, Camión y I need to take my medicine juran ser los encargados de amenizarla. Frente al bar, la plazoleta de la noche de los lápices se llena de seres que, a la espera del inicio del entretenimiento, calientan sus cuerpos con cervezas expendidas a hurtadillas en kioscos cercanos.
Cabaret del Mar sube al escenario y, mientras prueba sonido, toca su primera canción. La banda se acomoda de a poco, pero la música nunca desagrada. Un rock bien ejecutado y entremezclado con sonidos propios del pop y del punk invade los recovecos de ese bar, ya tradicional en La Plata.
El sonido en Pura Vida nunca es del todo bueno, todo rebota contra las paredes, haciendo que la acústica sea complicada. La banda se esfuerza y logra, de la mano de canciones potentes, que el público baile desde las mesas a las que se sentó. Después, y sin bises, se despide con velocidad, como si en esta prolongación de los minutos el tiempo apremiara.
Pop teenager, demasiado teenager. Camión suena bien, aunque la voz y la melodía sean inmaduras y rememoren excesivamente a la era otroyoiana. Los agudos, junto con el volumen excesivo de los equipos, por momentos agotan. Sin embargo, como toda música adolescente, el ritmo es pegadizo y resulta inevitable mover la cabeza en signo de aprobación.
De a ratos, Buki, la chica que encabeza la banda, le da paso al guitarrista que, con una voz que aparenta ser mucho más grave debido al contraste, interpreta canciones que parecen producidas por otros músicos.
Con las melodías de Camión ya en el pasado, se desarma la batería y se adapta el escenario para el show que funcionará como cierre de la noche. I need to take my medicine acomoda una PC y una bandeja de discos arriba de mesas que hasta hace poco pertenecían al público.
Una melodía familiar en La Plata empieza a sonar. La versión de “Amigo Piedra”, uno de los temas que popularizó a Él mató a un policía motorizado, inicia el recital. A partir de entonces, Igor, el petizo que canta escondido tras unos anteojos espejados, se propone ser el centro del show y lo logra.
“Aplaudan, putos”. El cantante arenga a la gente para que se sume a su festejo. Nadie se ofende, por el contrario, todos hacen caso a la petición, mientras ríen.
Un grupo de amigos, desde el fondo del salón, propone el juego: pide que el invitado de la noche, Finger Voodoo, haga scratching. El DJ cumple y el público festeja, divertido.Un reggeaton versión electrónica es la sorpresa. Dos muchachos, invitados especialmente para la ocasión, cantan y bailan abajo del escenario, mientras el frontman se les une, suplicando, otra vez, que la gente se sume a su entretenimiento.Entre tema y tema, Igor grita con todas sus fuerzas “I need to take my medicine” y, de a ratos, salta del escenario para entremezclarse con la gente. Las mesas son obstáculo, pero algunos se acomodan a los costados del salón y, entonces sí, bailan como dios manda. Como la electrónica obliga.
La silueta del cantante, delineada por las imágenes incandescentes que se proyectan desde una pantalla ubicada a sus espaldas, no deja de moverse. La danza exagerada e incluso brusca, es una invitación constante a liberarse, a dejar que el sonido que puede producir una computadora, acompañada por las intervenciones de los discos de vinilo y por la voz de un solo hombre, se encargue de alegrar esa hora que fue regalada al sábado.
El final llega casi sin aviso y con otro insulto de Igor hacia el público. Otra vez, nadie se molesta con el cantante, por el contrario los aplausos se suceden y el clima festivo continúa. Tiene sentido: ¿cómo ofenderse con la persona que, durante el tiempo extendido del fin de semana, repartió sin limitaciones el mejor remedio contra el aburrimiento?

lunes, 9 de marzo de 2009

Desbaratan Banda


Desbaratan Banda se presentó en el Centro de Cultura y Comunicación de La Plata. Durante dos horas, trasladó al público a las costas jamaiquinas. Un viaje que se emprendió con versiones de Skatalites y Lynn Taitt & The Comets y con melodías compuestas por estos músicos de Berisso.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala (http://www.flickr.com/photos/danpeople)

Saltar, bailar y ser feliz. Esas son las consignas que priman cuando, el sábado 28 de febrero, Desbaratan Banda se presenta en el Centro de Cultura y Comunicación de La Plata, una casa antigua y refaccionada por un grupo cultural que no sólo hay arabescos de colores en las paredes húmedas, sino que también hay un estudio de radio y un pequeño bar.
Aunque el show estaba anunciado para las 11 de la noche, como ya es costumbre en la escena local, el recital se realiza más tarde. A esa hora, recién se empiezan a acomodar los instrumentos en el rincón de una habitación que hará de escenario. La prueba de sonido implica casi sesenta minutos de retraso, pero nadie se queja. El calor húmedo que anuncia la cercanía de la lluvia, se apodera de la ciudad y la gente prefiere sentarse en la vereda oscura de calle 42 a reencontrarse con viejos amigos y esperar.
La paciencia tiene su recompensa. Desbaratan Banda inicia el espectáculo con una enérgica versión de “Storm Warning” de Lynn Taitt & The Comets. A partir de entonces, nadie se detiene. Los cuatro vientos de esta banda de Berisso de nombre más que efectivo, se apoderan de las 50 piernas y caderas que asistieron al show y las obligan a sacudirse, dejando que rueden por el piso de madera todas las preocupaciones que puedan existir.
Un pequeño entretiempo, promediando la mitad del recital, permite que los músicos y los espectadores/bailarines descansen. Todos intentan apaciguar el efecto del clima tropical jamaiquino en sus cuerpos con una cerveza que, aunque se vende fría, se calienta demasiado rápido.
Después, el show se reinicia con la melodía de “Tan Skabroso”, que invita otra vez a bailar sin timidez en ese cuarto a prueba de claustrofóbicos. Desbaratan Banda casi no deja lugar al silencio y los aplausos tapan las primeras notas de cada canción.
Cuando Desbaratan anuncia que está llegando el final del recital, la gente ya está en trance. Los gritos de aliento retumban en las paredes y obligan a la banda a interpretar un cover de Skatalites como bis. La sangre sigue hirviendo, y mientras un chico del público levanta los brazos al cielo y sacude la cabeza con los ojos cerrados, llega la segunda canción de ese tiempo prolongado.
“Nos quedamos sin temas, no podemos tocar más”, se excusa Manuel Santa María, el guitarrista líder de la banda. Pero el público no da tregua y pide improvisación. Desbaratan cumple y la gente festeja, bailando en el lugar con los brazos, las piernas y el cuerpo entero.
Dos horas después del inicio del recital, los seis músicos de Desbaratan Banda se despiden, caminan entre su público que los aplaude como si se trataran de una leyenda y, con la ropa humedecida de transpiración, abandonan ese cuarto en el que pareció haber un incendio. La gente se retira despacio, como olvidándose de algo, y otra vez se apropia de la vereda, pero ahora lo hace para esperar el día en que regrese la fiesta.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Mostruo! en el Tolosa Fest


Durante la primera versión del Tolosa Fest, Mostruo! se encargó de cerrar la fecha. La banda comandada por Kubilai Medina recorrió durante una hora y media las canciones de “Grosso” y de “La Nueva Gran Cosa”, dejando al público, sin embargo, con salvajes deseos de más.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografías de Daniel Ayala (http://www.flickr.com/photos/danpeople)

Ni la llovizna insistentemente insoportable, ni el barro que se junta en los alrededores del Galpón de Tolosa, ese taller ferroviario que hace un año fue recuperado por un grupo autogestionado de estudiantes, artistas y vecinos para luego ser donado al arte en La Plata, logran impedir que el Tolosa Fest Versión 1.0 se lleve a cabo.
Si bien el horario estipulado para que Mostruo! cierre la fecha, se corre, junto con el escenario que es trasladado desde el patio de las inmediaciones hasta el interior del tinglado, las 200 personas del público encuentran entretenimiento para amenguar la espera: una mesa llena de tortas y tartas, que recuerda a las kermesses improvisadas en los patios de las escuelas, deleita a quienes, mientras miran las fotos que Laura Ve, The Dark Flack y Xava exponen en las paredes derruidas del salón, esperan el ansiado inicio del recital.
El entretenimiento sigue cuando detrás de un payaso, que anima la fiesta y promete sortear libros, cd’s y cenas, Trilce prueba sonido. Una melodía que rememora al blues de Manal se apodera del galpón. Mientras, los espectadores se acercan al escenario que, en verdad, se parece más a una tarima. Luego de un show que durante de más de una hora logró hacer que centenares de piernas se agitaran al ritmo de la música, el payaso vuelve y treinta minutos después les deja el lugar a 107 Faunos.
Demasiado ruido. 107 Faunos está compuesta por seis personas deliberadamente decididas a sonar fuerte, tanto que por momentos confunde y molesta. Sin embargo, el público sigue esperando, entre cervezas servidas en la barra del Galpón y artesanías dispuestas sobre mesas y paños en los costados del tinglado, que Kubilai Medina suba al escenario y, como un monstruo, dé cátedra de canto.
Cerca de las 10 de la noche, la espera por fin termina. Lucas Finocchi toca los primeros acordes de “La Polilla”, acompañado por el bajo más que efectivo de Federico Mutinelli y la batería relojito de Lucas Mutinelli. La voz de Kubilai envuelve a los cuerpos sudorosos por la humedad platense, que bailan y festejan sonrientes el inicio del show.
El momento de mayor esplendor llega de la mano de “El Control”, cuando la voz cantante de Mostruo no teme en gritar a pensar en vos y no en los demás, mientras el seño se frunce permitiendo creer que Medina perdió el control de su vida otra vez. El clima intimista continúa de la mano de una mujer, un cielo azul, un casi voy, un ya no estoy, un te olvidé que sucedieron en “Pinamar”. Pero todo vuelve enardecerse cuando aparece “Ese oso” que no quiere dormir.
El recital termina pero la gente sigue expectante. No hay lugar ni tiempo para bises. La esperanza es el Tolosa Fest Versión 2.0, que ya tiene confirmada la presencia de Él mató a un policía motorizado, Señor Tomate y La Patrulla Espacial. Aunque muy levemente, la música que pasan Paul Henta, Sismo y Black Uman consigue apaciguar las ansias de seguir rockanroleándola. Muchos de los hasta entonces espectadores se retiran del Galpón con ese deseo de que la fiesta continúe. Con esa ferocidad en la sangre que sólo Mostruo puede generar.

www.vuenoz.com

Y sí seguís explorando? (si total, no nos vamos a dormir...)

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