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sábado, 9 de junio de 2012

Soy Rock


Ricardo Massei dedicó su vida al rock. Desde su primer acercamiento a “Help!” de los Beatles, el camino estuvo marcado. Convencido de que el mayor sueño de su vida es la música, él jura que lo suyo, en verdad, no es más que un sacerdocio.

Por Caro Sánchez Iturbe
Fotos: The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

Ricardo Massei transita los terrenos de la música casi desde que nació. Con una familia a la que define como “totalmente musical” en la que él fue la “oveja negra” que cortó con la tradición de tango y folclore que había iniciado su abuelo, él jura que lo suyo es lo más parecido a un camino espiritual que se forjó alrededor del rock.
“Apenas empecé a tomar uso de razonamiento, la música se transformó en algo parecido a una religión. Me creaba una fantasía entera alrededor de la música, me fijaba en la ropa, en el pelo. Tenía locura con eso”, asegura el hombre que ya lleva varias décadas dedicadas al arte y la cultura, todo para después contar cómo Help de los Beatles fue el disco “embrionario” responsable de encaminarlo hacia el rock cuando tenía unos tempranos nueve años de edad. A partir de entonces, no hubo vuelta atrás: “Ese disco me marcó la vida. Hoy en día escucho esos temas y me pongo a llorar porque me emocionan, me retrotraen a mi infancia. Yo soñaba con eso desde siempre”.
Luego de la adolescencia, a la que Ricardo define como un “impase tortuoso” debido a la soledad que establecía el camino que había elegido recorrer, Massei encontró su lugar en el mundo entre artesanos y trabajos manuales: “En la feria de artesanos y me conecté con la gente de La Pesada, con los chicos de la Cofradía de la Flor Solar, con Sergio Martínez, con Rocambole, con Pedro y Pablo, con Pappo. Ahí me empecé a conectar con ellos. Íbamos a ver todos los recitales. Fue una época gloriosa porque La Plata era increíble. Era una cofradía de creatividad, de arte y cultura. Éramos todos bohemios, estábamos todos en una búsqueda y nos relacionábamos a través del arte y la cultura. Parecíamos todos muy locos, andábamos con jardineros y unos peinados bárbaros. Yo me batía los pelos a lo Hendrix. Cuando empezó la época del glam, de Bowie, me volví loco, me moría con la movida del glam inglés. Es que mi mente vivía en Londres, iba siguiendo eso todo el tiempo”.
Así, entre reuniones de artistas y zapadas, Ricardo desarrolló otra de sus características distintivas: el camino espiritual de autoconocimiento y meditación que aún hoy mantiene y que conoció gracias a la investigación sobre la vida de George Harrison. “A través de Harrison empecé a tener una locura mística y encontré mi camino espiritual. Soy discípulo para Paramahansa Yogananda, que está en la tapa de Sargent Pepper´s Lonely Heart Club Band. Yo lo veía en la tapa del disco y me llamaba la atención sin saber quién era, sin saber que iba a ser mi maestro. Al poco tiempo, me hice discípulo de él. Fue todo muy loco porque después de eso, me compré Tales from Topographic Oceans, un disco de Yes que estaba basado en un libro de mi maestro. Una coincidencia loquísima. Encima, Yes fue otro escalón que me marcó para toda la vida por lo espiritual y por lo musical de la banda”, sostiene.
Por esos días Ricardo también inició sus estudios en batería. Así, poco a poco formó sus primeras bandas con vecinos del barrio. No pasó mucho tiempo hasta que, yendo a Jeu, una disquería a la que describe como “la meca de la cultura” de la época, conoció a Claudio Apas y a Marcelo Pocavida, quienes marcarían un nuevo recorrido en la vida de Massei: “Ellos tenían una banda que hacían una onda tipo Kiss y a mí me encantaba porque era muy teatral. Yo los ayudaba en los shows. En el ‘79, ‘80 Marcelo me dijo que hagamos una banda punk. Yo no estaba muy convencido porque me gustaban otras cosas, pero me atrapó lo salvaje. Entonces quería fusionar lo adrenalínico de la música con un mensaje distinto, profundo. Ahí se armó Los Baraja”.
Con su primera banda profesional en pie, en el ’81 llegó el primer recital en vivo que dio el músico. “Cuando salimos a tocar estuvo bueno porque fueron a vernos Los Violadores, los Virus, la gente de los Redondos, los de La Cofradía. Era muy teatral lo que hacíamos. Marcelo salía a escena y rompía un disco de Fiebre de sábado por la noche. Tocábamos vestidos de cuero, con los ojos pintados y los pelos parados con yema de huevo. A las pocas horas, el olor era insoportable”, recuerda entre risas para luego describir cómo así se armó un movimiento cultural punk entre La Plata y Buenos Aires en el que los encuentros eran una constante.
Después de eso, llegaron los días de una banda de new romantic que nunca llegó a tocar en vivo; el nacimiento de Genocidio, que fue pionera en el hardcore heavy de la ciudad y que llegó a tocar con V8 y Hermética; y en el ’92, junto a Claudio Apas, apareció Pandemia. “Hace 30 años que tocamos juntos con Claudio, somos un matrimonio musical. Con él, en un momento sentimos que teníamos que hacer un cambio y armamos Pandemia, que fue lo máximo a lo que llegué en mi vida musical. Tocamos en todo el país, sacamos dos discos, un productor italiano nos difundió por todo el mundo, nos invitaban a tocar de un montón de países. Fue alucinante. Al principio, yo hacía solo las letras y la música, hasta que llegó Susana, una tecladista que todavía toca conmigo, que le dio un vuelo impresionante a la banda porque ella venía de lo clásico y lo sinfónico. Eso duró casi hasta el 2000, aunque nos volvimos a reunir en el 2007”, explica.
Ahora, con Ibis Escarlata, su última banda, ya disuelta y en camino de ponerle nombre a su nueva formación con la que ensaya desde hace tres años, Ricardo espera poder mostrar pronto hacia dónde lo llevó el rock ahora. Es que jura que no puede imaginar su vida sin tocar la batería. “Es parte de mi esencia, de mi vida, me siento vivo cuando toco”, asegura sentado bajo el sol para pronto sonreír y, con un tono calmo, resumir su vida: “Para mí, la música siempre fue un sacerdocio”. 

De Garage – Marzo de 2012
(siempre es mejor la versión en papel)

lunes, 5 de diciembre de 2011

El Nene y los dioses personales



Aunque parezca que ya lo hizo todo, Martín Schneider asegura no estar dispuesto a parar. Luego de devorarse madrugadas, de gritar en el escenario de La Patrulla Espacial, de haber tenido más de un proyecto musical con Shaman, de desnudarse en público y de tener ataques incendiarios, jura que todavía hay batallas por librar. Ahora, el objetivo es juntar más experiencia para así llegar a ser igual a un cóndor capaz de admirar a cualquier niño de pueblo.

Por Caro Sánchez Iturbe
Fotos: The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

Martín Schneider, El Nene, es uno de esos personajes extraños que tranquilamente podrían cohabitar en algún cuento sucio y suburbano a la par que en una leyenda silvestre y pueblerina. Mezcla justa entre vampiro de noches interminables y meditabundo envuelto en arboledas absorbentes. Uno de esos hombres que es capaz de contar qué sucedió aquella vez que incendió una capilla y cómo era la geografía de su pueblo natal sin necesidad de, para ello, modificar el semblante.
La vida del Nene estuvo atravesada por la iglesia. Sí, por la iglesia. Hijo de pastores evangelistas, creció literalmente dentro de un templo. Tanto así que su primer paso por la música fue en una banda que tocaba heavy metal mientras cantaba letras cristianas, cosa que, para la época y para un público “bastante conservador”, era lo suficientemente revolucionaria. Es que en aquel momento, el descubrimiento de Logos, la agrupación metalera creyente, se presentaba como el mejor camino de escape. “La escuchaba con efervescencia”, dice para luego entonar “ven a la eternidad, si puedes creer” y escupir un “fuck you” sin escalas. Es que, claro, eventualmente el Nene se reveló.
“Salí de la iglesia. Me di cuenta de que dios es la bondad de cada uno, uno no tiene porqué ser malo. Y ahí empezó otro mambo con las bandas. Lo único que mantuve fue el amor por la música clásica. En casa, se escuchaba música clásica y cristiana, pero cristiana facha. Así, los dos varones de la familia salimos un desastre. Y yo peor… tengo toda la cara marcada de cicatrices”, asegura entre risas dejando que sus dos dientes de lata se exhiban como trofeo, todo para después contar como “el vozarrón, los experimentos de sillas tocando contra algo y las letras espirituales” de Tom Waits lo cautivaron, abriendo un nuevo panorama en el que aparecerían más músicos capaces de producir transformaciones en su vida. “Aphex Twin me cambió. Yo era híper anti electrónica y cuando lo escuché me di cuenta de que ahí había una cosa increíble. Y después, el que terminó de volarme fue Fela Kuti. Él era un Bob Marley mezclado con un Che Guevara. Su historia me chingó la cabeza. Me faltaba un huevón más del mundo musical. Siempre hay uno más”, asegura y recomienda: “Acuérdense bien de él”.
A partir de la rebeldía, llegaron los días en los que Martín comenzó a deambular entre colegios secundarios y a establecer nuevos vínculos. De ese modo, en la escuela de arte de Comodoro Rivadavia se encontró con Shaman Herrera y con otros tantos personajes que hasta el día de hoy lo acompañan. “Comodoro es cementerio indio. Ahí hay algo con los muertos. Por eso de allá sale gente así”, dice intentando explicar ese nexo que lo une afectiva y creativamente con las mismas personas desde hace más de una década y media, dispuesto a narrar como tiempo después de conocer a Shaman terminó conviviendo con él en La Plata y estudiando Filosofía: “Como no sabía qué hacer de mi vida, me anoté en la facultad y pasé cuatro años ahí. Conocí a otra gente muy espectacular que me abrió más la cabeza. Las relaciones te cultivan más el cerebro que la facultad. Yo venía de una institución y no quería más instituciones, así que a la mierda”.
Durante la estadía del Nene en La Plata, que se extiende hasta hoy, los proyectos musicales brotaron dando paso a Shaman y El Nene, el dueto musical que jugaba y experimentaba con los sonidos y el público; a El Nene y los metralleta, que se alimentó de una gran cantidad de músicos amigos que a la par tocaban en La Patrulla Espacial, Él mató a un policía motorizado, Shaman y los hombres en llamas y Prietto; y ahora a La Antropofónica, la orquesta de afrobeat a la que Schneider le pone la voz y donde, jura, está aprendiendo a cantar. Pero además en los días de la ciudad con calles numeradas, aparecieron las noches interminables en las que los recitales de La Patrulla Espacial, la banda en la que el hermano del Nene toca el bajo, se presentaron como el ámbito de delirio ideal. “En los recitales de La Patrulla ves algo serio, loco, fuerte, pensado, natural. Ahí encuentro violencia mezclada con armonía de amistad”, sostiene mientras recuerda las madrugadas alucinógenas en las que él solía subir al escenario a gritar “cagando a pedos a todos”, desvestirse y provocar incendios “para hacer dibujos” en el asfalto al terminar los shows porque “con La Patrulla llega un punto en el que es tanto lo que pasa que sentís que ya no lo resistís más”.
Ahora y aunque ya no tome más por asalto el escenario de La Patrulla Espacial porque ya hizo “todas las que tenía que hacer con ellos” y porque “El Nene ya está creciendo. Mierda, boludo, ya estás grande, dejate de poner en bolas, come on, baby”, los vínculos que el rock le regaló a Martín permanecen igual de estrechos que cuando todavía vivía en Comodoro Rivadavia. “Somos un grupo de gente en el que nadie es más que el otro. Vamos en grupo. Es como que salimos juntos a atacar el modernismo argentino, cada uno con su estilo pero respetándonos, y eso es lo más groso que tenemos”, reflexiona.
“Jamás pararía porque la vida te para sola”, dice El Nene mientras explica que aunque ya no sea parte de shows extremos con la banda de su hermano, la acumulación de vivencias sigue intacta. “Creo que recién me di cuenta de lo que soy hace dos años. Fue una búsqueda de casi 30. El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría. León con ira es sabiduría. Hay que enojarse. En una de esas enojadas, me encontré y me dije si soy esto, para qué mierda dar vueltas. No quiero ser ni petrolero, ni carpintero, ni mezclador. Quiero cantar”, asevera convencido para luego afirmar que él no sólo es el hombre capaz de devorarse noches enteras y convertir a las tardes en viajes por profundas madrugadas, sino que además es el niño que sacaron del pueblo: “Nací en Chile Chico, un lugar donde todas las mañanas desde la montaña caía un cóndor que se llamaba Charly. Por eso me dicen Nene, porque nunca crecí, nunca quise irme de ese lugar. De ahí quedé con la imagen de un cóndor que bajaba despacito, dando vueltas hasta que aterrizaba y se quedaba a pasar la mañana. Y a la tarde cuando se iba, era un espectáculo. Todos salíamos a verlo porque abría las alas y empezaba a correr hasta que remontaba vuelo. Es la imagen más linda que tengo de mi vida. Eso quiero yo. Quiero que la gente tenga la oportunidad de ver algo tan bello. Cuando canto, quiero ser ese cóndor que baja y admira”.
Hace poco, El Nene volvió en busca del cóndor y de la casa en la que nació. Se encontró con un Chile Chico con 50 barrios más allá y se perdió. Tampoco se topó con esa iglesia que a los cuatro años incendió. Pero su dios sí estaba ahí. “Estoy atravesado por un Jesucristo medio loco. My personal Jesus”, dice mientras fija la mirada y, sin cambiar el semblante, escupe: “No sé qué querés de mí”.

De Garage – Noviembre de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Háblame del cielo


En 1998, Míster América lanzó Despojado, su segundo disco. Y con él, sentó las bases de la plataforma de lanzamiento hacia el universo paralelo, el paraíso para nadie, que con los años creó y que hoy es responsable de haber transformado a ese grupo de músicos en banda de culto. Gustavo Astarita, Martín E. Graziano, Alfredo Calvelo y Patricia Ríos reconstruyen ese trayecto hacia el más allá.

Por Carolina Sánchez Iturbe

Banda de culto. Ése es el adjetivo con el que se elige describir a Míster América desde hace tiempo (incluso cuando aún la banda estaba en actividad). ¿Qué convierte a un grupo de artistas en objeto de adoración? Imposible de contestar sin abordar su obra, estando dispuesto a mirarla de cerca y a encerrarse en un universo paralelo y único creado por y para ellos.
Y eso es lo que supo hacer Míster América: establecer un submundo en lo que lo conceptual lo era todo. Así, en 1998, la banda lanzó Despojado, el disco que funcionaría como introducción de esa narración en la que, finalmente, se transformaría la banda. “Después de Con el agua al cuello, disco que reunía canciones que Mr. A había compuesto desde su comienzo en 1989, Despojado comienza a ser pensado  como una obra conceptual que desarrollara un relato que debía ser leído como un gran tema en el que las canciones se fueran enganchando representadas por un hombre-show, como si todas fuesen una. Este fue un relato prediseñado que debía empezar y desarrollarse hasta el último disco que sacara el grupo. De hecho, Insano, Rebelde y Superación completaron esa saga de estados del ser”, explica Gustavo Astarita, quien solía poner su voz, cuerpo e ideas volcadas en papel al proyecto de Míster América.
Así, a partir de ese momento, el rumbo de la banda que por entonces Astarita compartía con Pilu Pontano, Horacio Nuñez, Federico Jaureguiberry, Lisandro Basta y Fabián Andrade se modificó, eyectándose hacia ese espacio remoto en el que se alojó durante los siguientes diez años y que fue el responsable de atraer fieles. Quizás por eso es que el periodista Martín E. Graziano no duda en asegurar que esa producción discográfica, Despojado, fue “el último disco de Míster América como banda terrenal” pues “uno todavía puede imaginarlos comiendo un asado o algo así. Es verdad, un asado con cierta sofisticación, pero en definitiva una comida para mortales”.
“Para 1998, Míster América todavía era una banda de rock. Una banda excelente y súper inspirada, pero todavía ubicable en el contexto de una escena nacional. Recordemos que son los últimos coletazos del Nuevo Rock Argentino (Los Brujos ya separados, los Gorriones camino a un disco decepcionante y su propia implosión, los Babasónicos pre-Jéssico): y estamos en plena escalada de eso que vagamente fue denominado rock barrial, que ya empezaba a ganar una estatura elefantiásica. Después, a medida que el país se iba cayendo a pedazos y el rock enfilaba hacia su propio iceberg, Míster América se fue a vivir a su paraíso para nadie. Un exilio interno hacia la surrealidad total, hacia ese mundo que los tipos habían poblado hasta entonces y cuya primera parada es Insano (y la última antes del vacío disolutorio, Superación)”, analiza Graziano.
Es que Despojado fue la línea de largada hacia ese planeta desconocido aún no explorado que describe Martín y, como todo inicio de trayecto, necesitaba de una primera etapa introspectiva.  “Despojado significa desnudarse del ego para enfocar la mirada al autoconocimiento”, dispara Astarita.

Del escenario directo a su reproductor de música (y viceversa)

La promoción de Despojado duró más de lo que habitualmente suele dedicarse a la presentación en sociedad de cualquier LP. Es que el disco, según consigna Astarita, fue creado como “una especie de obra teatral” que empezaba con Tanta Charla, canción destinada a “llamar la atención de los concurrentes al espectáculo para que estén en silencio pues la obra (todo el disco) no se iba a detener hasta llegar al final. La falta de silencios entre la mayoría de los temas, así, eran para evitar ser interrumpidos por aplausos”.
Al mismo tiempo, esa obra teatral fue diseñada para ser llevada a escena en La Fabriquera, donde Patricia Ríos, Laura Valencia y el Pollo Canevaro, los responsables del lugar, ponían sus energías a disposición de la banda y su público. De esa manera, la serie de recitales en torno a Despojado se sucedió mes a mes durante dos años seguidos, atrayendo “a los más diversos espectadores” y siendo “el comienzo de la introspección y el casi ostracismo del grupo en su ciudad”, recuerda Gustavo.
“Los shows siempre tuvieron algo de hipnóticos, la gente acompañaba apasionadamente, y la verdad es que la banda entregaba todo con temas inolvidables y que siempre tenían un efecto de encantamiento, como Esclavo”, recuerda Patricia Ríos para luego describir cómo La Fabriquera, con los años, terminó sintiéndose merecedora de ese mote de “también despojada” con el que la mencionaba Míster América en el booklet del disco: “Creo que fuimos partícipes porque eran jornadas de todo el día. Gustavo llegaba con alguna idea de puesta (él siempre pensaba en el espacio), Laura contribuía, armaba, ponía luces. Y así, se dedicaba todo el día hasta que quedábamos conformes con el resultado”.
Esa concepción de Despojado como obra teatral y su consiguiente sucesión de presentaciones, derivó finalmente en un disco que estuvo cerrado mucho antes de ser editado. Por ello, Alfredo Calvelo, quien estuvo a cargo de la grabación, la masterización y la producción artística del LP, recuerda lo sencillo que resultó el registro: “Los shows de la Fabriquera sirvieron como la mejor preproducción que podíamos haber imaginado para el disco. De hecho a tal punto llegamos con las cosas resueltas a la hora de la grabación, que los temas en la sesión se tocaron en el mismo orden que luego salieron editados”.

Dieciséis despojadas canciones

A fines de los ’90 y en sólo 40 minutos, la banda comandada por Gustavo Astarita logró un segundo registro discográfico capaz de transportar al escucha a medida que las dieciséis canciones se suceden. En ese sentido, Calvelo asegura que esa sensación de encontrarse ante una plataforma de lanzamiento hacia otro lugar no es casual. “Todos los temas de Despojado formaban una obra cerrada y resuelta en si misma, pero además se potenciaban en forma terrible a medida que los escuchábamos encadenados”, dice para luego destacar que el arte de tapa tampoco huyó de la responsabilidad que le requería la aventura de realizar semejante LP: “Se eligió la austeridad  del blanco y negro como base. Así, la primera edición estuvo hecha de una cuerina blanca muy llamativa y elegante a manera de libro que contenía el booklet. Una vez más, fue uno de los primeros discos en salirse del formato tradicional de las cajitas transparentes que parecían obligatorias en la época”.
Lo cierto es que en aquellas 16 canciones para ser escuchadas de un tirón, los sonidos -en los que abunda la experimentación de los músicos con sus instrumentos y de la técnica con los recursos de la época, como bien dice Calvelo- se transformaron en los compañeros perfectos para una poética dispuesta a perderse en los recovecos que encierra el cuerpo humano.
“La poesía de Despojado y de los subsiguientes discos partió de un pequeño cuaderno a modo de diario en el que anotaba pensamientos y reflexiones acerca de la vida, escrito  mayoritariamente mientras manejaba el auto”, dice Astarita, el responsable de las letras, para pronto ahondar en los motivos que encerraban sus canciones: “El concepto lírico y filosófico del que escribe Mr. A. es inspirado por lo único cierto que tiene esta vida: la muerte. Así, entre vida y muerte sólo encontramos un punto al que dirigirse a hablar y éste es El Dios. De ese modo, Esclavo o En dos son rezos a la divinidad que se repiten en discos siguientes. Por otra parte, Despojado no habla de relaciones entre humanos, es más bien un soliloquio acerca del dualismo que divide al ser: el placer y el dolor. Y ésta es la temática de todas las canciones de Mr.A. Por eso, éste es un disco místico, cargado de símbolos acerca de lo que significa la existencia en esta vida humana”.
Martín E. Graziano, por su parte, durante los últimos años ha analizado en repetidas oportunidades el sendero construido por Míster América. Por ello, no es casual que haya percibido en Despojado ese dualismo del ser del que habla Astarita, atreviéndose a calificarlo como un rasgo que coquetea con lo esquizoide. “Despojado es un disco asimétrico. En ese sentido me hace acordar al Durazno sangrando de Invisible, pero incluso más esquizofrénico. Hay una tensión que dura todo el disco y nunca se termina de resolver: a cada balada acústica y metafísica le corresponde un rock a go-gó medio salvaje y su pasaje ambient. Es un registro lleno de humor y sobresaltos (eso ya no va a pasar en los discos de Míster América, que va camino a transformarse en una especie de Maestro Yoda), donde Astarita canta como electrocutado por el universo freudiano: acá estoy super yo / con un cajón en la cabeza... ¡que buen verso!”, dice Graziano.

Hacer la América

Banda de culto. Eso es lo que Míster América es. Sucede que el proyecto de Astarita alcanzó la meca en el mundillo rock, que consiste en una fórmula sencilla pero compleja de resolver. A saber: convertirse en referencia de su tiempo y espacio de producción (atravesándolo y logrando ser, aún una década después, adelantado a la época que corre); transformarse en influencia para una decena de músicos que intentan atravesar su mismo trayecto; continuar ganando nuevos adeptos aunque la banda haya sido disuelta; y ser parte del mito de una ciudad llena de mitos.
“Míster América pensaba el rock en un contexto cultural alternativo. No casualmente hay un cameo de Escher (soy una mosca que ha muerto aplastada por la caída del cuadro de Escher), un artista tan caro al imaginario contracultural argentino. Desde hace muchos años, esa forma de entender al rock cayó en desuso. Por mil razones, pero sobre todo porque se convirtió en un producto. Porque se cerró sobre sí mismo y hoy los pibes que hacen rock sólo escuchan rock, sólo tocan rock, sólo leen rock, sólo miran rock. Eso genera una música asfixiada, quemada de refritos. Por suerte, con su multidisciplinariedad y amateurismo, La Plata es poco una trinchera. Como nadie vive de la música (sino para la música), se generan propuestas ajenas a las presiones comerciales, sin cable a tierra. Cocina gourmet para sibaritas -como nosotros, si-, que abandona desde los vestuarios la posibilidad de articular eso que se llama inconsciente colectivo”, analiza Graziano con respecto al lugar que Míster América se supo ganar.
Astarita sabe de ese lugar en el que hoy reposa la banda que desde 2008 entró en descanso. Pero también sabe que nada es casual y que el respeto por su trabajo está íntimamente asociado con el modo de elaboración: “La obra de Mr.A  fue desde el comienzo pensada como un todo y esto se debe a la intencionalidad de la búsqueda de la Obra de Arte en contraposición con el concepto menor de Entretenimiento. La obra de arte es imperecedera y no importa el individuo que la busca sino el camino que buscó, es la acción, es el cómo y no el quién. Es esta acción la que inspira a las generaciones siguientes y aquí está la respuesta a la pregunta ¿Por qué crees que suele decirse que Míster América influenció fuertemente a la cultura platense? Me gustaría pensar que es esta acción de mantenerse oculto buscando la verdadera obra de arte, aquella que nos une a lo divino, la que inspira al resto. Pues cuando uno descubre en una obra símbolos universales, se encuentra a sí mismo”.
Y si se habla de bandas que avanzan por el universo paralelo que Míster América construyó, ni Martín E. Graziano ni Gustavo Astarita dudan en mencionar a la que consideran la gran promesa: normA. Así, mientras Martín asegura que se trata de “una propuesta absolutamente acabada, tanto musical como visual y discursivamente, con su propio sistema de valoraciones y un espíritu crítico inquebrantable tan caro a la ciudad masónica que Astarita llamó su Principado”, Gustavo sostiene que la agrupación de Chivas Argüello, Gualberto de Orta, Pablo Coscarelli y Richard Baldoni tiene “una lírica comprometida  con la búsqueda de la Obra de Arte, aquella que atraviesa el tiempo”.
Y quizás con los años, quién sabe, sea normA la nueva banda de culto de la ciudad. Por ahora, Míster América demuestra que ése es un lugar al que sólo se ingresa despojándose de uno mismo en pos de algo superior, eligiendo, como señala Astarita, “un camino libre de ideas de fama y trascendencia personal, ajeno al rumbo de la mayoría de los grupos y en el que lo importante sea crear un propio mundo, lleno de símbolos a descubrir en el tiempo, sólo para La Plata, un paraíso propio, un paraíso para nadie…”.

Más sobre Míster América: www.misteramerica.com.ar

De Garage – Agosto de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

miércoles, 24 de agosto de 2011

Levantando polvo, los desfachatados



Con la ayuda de internet, la presencia de un montón de amigos y la influencia irreversible de una familia de “chiflados”, la chica de 25 años se alimentó de un universo de fotografías, películas y músicas dispuestas a modificarla. Con ustedes, Emilia Bianchi, la muchacha de la nueva generación rock, ésa que enfrenta los días a puro desparpajo.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Foto de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

Parada contra una pared blanca desde la que, hasta hace un rato, la mirada de un Jim Morrison retratado solía penetrar, Emilia Bianchi juega. Se divierte como pocos, se ríe de sí misma y juega. Vestida con una camisa cuadrillé al mejor estilo grunge noventero, imita los gestos del Ben Stiller que tiempo atrás Terry Richardson fotografió para una nota de Rolling Stone. Y entre risas, demuestra una vez más de qué está hecha la nueva generación del rock. Desparpajo, puro desparpajo.
Aunque los años hayan pasado y los viejos preceptos rockers se hayan aggiornado a los nuevos días, algunas cosas se mantienen inertes al paso del tiempo: despreocupación e irreverencia se entremezclan hoy con millones de bytes de música hecha información. Y Emilia los tiene todos.
Nacida y criada en La Plata por una familia nómade (como suele suceder en la ciudad de los estudiantes), Emilia es la chica de las influencias. “En mi casa están completamente chiflados. Son re particulares. Es gente que se vino a los 18 años en una época re complicada porque, por ejemplo, mi vieja llegó en el ’76. Se bancaron las toscas. Se curtieron en todo eso y consiguieron un cable a tierra, que por ahí era ver películas y leer libros”, asegura con orgullo. Así, mientras sus padres le transmitían la actitud apasionada hacia el cine y la fotografía, un tío le enseñó lo bueno de los sonidos cuando le regaló Otras canciones, el disco de covers de Attaque 77, llevándola “sin querer queriendo” a  fanatizarse con la versión de “Canción del adiós” e indagar sobre El otro yo. El trayecto hacia el mundo fluorescente alterno del 2000, “que no es lo mismo que el alterno de hoy”, entonces se presentó directo y sin paradas intermedias.
“En el palo alterno de aquella época, las chicas tocaban el bajo. Yo con corte carré, pollera arriba de los pantalones, remera de alguna banda y colores a pleno, tenía que tocar el bajo, era lo único que me faltaba. Agradecé que no me tatué nada de El otro yo”, dice mientras ríe fuerte, con ese sonido tan de ella, tan Emilia. Y entonces, recuerda los días en los que era parte de la banda de Diego Billordo, a quien le reconoce también buena parte de los conocimientos musicales adquiridos. Sin embargo, el bajo no logró atraparla. Y ahí apareció el mandato familiar, ése que la llevaría directo a una vida de secuencias de imágenes.
“Como mis viejos laburaban, me dejaban en lo de mi abuela. En su casa, ella había puesto cable. Cuando yo tenía 8 años, tener cable era lo más. Me acuerdo que era estar todo el tiempo viendo The Box y MTV. A los separadores de MTV no me los voy a olvidar nunca en la vida, los tengo acá”, explica señalando su frente para pronto completar: “Y ésa es otra de las relaciones que tengo con la música, porque no sólo me atrae la música sino que también me atrae el videoclip y la imagen. Me di cuenta que preferí dedicarme a la música a través de la imagen. Me interesa mucho más hacerlo así, me siento cómoda y me puedo desenvolver en eso. Para esto sirvo”.
La nueva generación rocker creció junto a un mundo virtual en el que internet fue el responsable de facilitar la ramificación hacia sonidos nuevos. Así, Emilia avanzó en el conocimiento de los artistas de su tiempo y de épocas pasadas. Pero la gran red no sólo le sirvió para eso, sino que también fue útil para que ella forjara su primer grupo de amigos rockeros con los que, con una autopista de distancia, solía recorrer la Capital Federal de los fines de semana y reforzar su devoción Babasónica que había nacido varios años antes cuando, a fines de los ’90 y siendo aún una nena, casi de casualidad había asistido a la presentación de Miami. “Ya alguna vez después, conocí gente en La Plata y empecé a salir acá. Esa fue la época de Basquiat, cuando iba a ver a Nerd Kids, que eran amigos míos; los días de La Galería de 5 y 39 donde veía a Eterna Inocencia; o cuando se hacían los Outlet en el Malvinas”, rememora.
También por esos días se afianzó el vínculo que hasta hoy Emilia mantiene con el cine y al que pudo asociar directamente con el rock cuando vio “24 hour party people”: “En ese momento, relacioné directamente lo que fue Manchester con lo que es La Plata. Para mí, Manchester y La Plata tienen mucho que ver. Comparten el estilo de bandas y de ambiente, en el que te hacés conocido pero hasta ahí”.
Pronto llegó la facultad de cine, el FreakShow, el amor por Michel Gondry, la admiración por las bandas sonoras de Wes Anderson y el descubrimiento de Chris Cunningham. Y, entonces, un nuevo grupo de amigos con quienes compartir otra pasión: The Beatles. “Siempre me gustó la música, es algo que de chiquita ya me llamaba mucho la atención. Les preguntaba a mis viejos por los Beatles sin haberlos escuchado directamente, es que me asombraba que haya habido una banda tan importante para la música. En casa, el primer CD que se compró fue Abbey Road, que es mi disco favorito de los Beatles. A partir de ahí, fue leer, aprender y apasionarme más y más. Me encantan las historias que tuvieron entre ellos, la historia entre George Harrison y Eric Clapton, sus delirios místicos, el chiste hacia Ringo, que es el tonto de la banda. Me encantan”.
Ahora Emilia espera sentada en la punta de la mesa del living las próximas aventuras. Tres recitales de artistas internacionales (Primal Scream, Kyuss y Gorilla Biscuits) que completarán la saga de este año, en el que ya LCD Soundsystem, Flaming Lips y Jon Spencer lograron obnubilarla. “Voy a terminar con los ojitos cruzados y adrenalina en todo el cuerpo”, sostiene marcando con los dedos índices el trayecto que seguirán sus ojos en diciembre. Y entonces se ríe, se prepara para jugar a ser Ben Stiller en Rolling Stone y, con el desparpajo del que sólo el rock sabe, vuelve a lanzar su risotada de Emilia para, entrecortada por la carcajada, decir: “Yo solita me mando al muere”.

Más sobre Emilia Bianchi: http://suboescalerasarriba.blogspot.com

De Garage – Agosto de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

sábado, 30 de julio de 2011

El rock es mi deporte



Desde 1989 hasta 1995 funcionó en la ciudad de La Plata un bar que supo ser chancha de paddle y rockería al mismo tiempo. Mientras los vestuarios de los deportistas funcionaban de camarines para los músicos, decenas de pelilargos fanáticos de Axl Rose copaban el lugar, en donde tocaron bandas como Míster América y Barracuda. Arenas Pub demostró que el rock en vivo no sólo puede quedar en manos de bolicheros.

Por Ana Clara Bormida y Carolina Sánchez Iturbe


Pocas veces el rock logró unirse con el deporte. Como si se trataran de dos polos opuestos del mundo, nadie hubiese podido imaginar que en una cancha de paddle podría erigirse uno de los templos del rock que, aún hoy, 16 años después, es recordado entre anécdotas y expresiones de cariño por los músicos que por ahí pasaron. Sin embargo, todo es posible en una ciudad donde los sonidos y el público bien dispuesto abundan.
Sobre calle 7, entre 42 y 43, donde hoy existe una casa de computación, se erigió Arenas Pub, el bar en el que, sobre el frente y apoltronados en escenarios improvisados “casi todos los músicos platenses del momento” tocaron, mientras la cancha de paddle del local, aún en funcionamiento, se transformaba de camarín para las bandas. “Con el tiempo, nos dedicamos más a las fiestas del rock que al paddle. Iba gente a jugar, pero el fuerte del lugar eran los recitales de rock”, recuerda Claudio Soldi, uno de los dueños del mítico lugar y actual bajista de Viejos, Sucios y Feos.
“Tocar en Arenas era como tocar en tu lugar, en el living de tu casa”, describe Andrés Dupetit, quien cantó sobre el escenario de Arenas con su banda, Pantera Negra, en numerosas oportunidades. “Ahora la queja de todas las bandas es que tenés que pagar para tocar, y éste era un lugar donde podías ganar un peso. Imaginate que nosotros sacamos un demo gracias a Arenas”, sostiene dispuesto a remarcar las virtudes del lugar: “Era un lugar muy lindo, te sentías cómodo. Los dueños no se fijaban demasiado en si la banda llevaba mucha gente o no. Por eso, tocaron todos ahí”.
Por las facilidades que otorgaba un lugar comandado por un músico que entendía de arreglos justos, bandas tan disímiles como Guasones, Peligrosos Gorriones, Míster América, Los Hermanos Macana, Pantera Negra, Barracuda, Viejos, Sucios y Feos y Elefante Violeta se apropiaron de ese lugar que, entre el ’89 y el ’95, supo dejar un legado en el rock local.
En una construcción de paredes blancas que contaba con una barra de madera tallada, algo más de cien personas se encontraban los fines de semana para escuchar música. Con unos inicios experimentales, en los que el rock en vivo se desarrollaba solamente los sábados por la madrugada, el éxito de Arenas y su escenario que mudó de ubicación varias veces fue tanto que, hacia el final, las bandas llegaron a coparlo sin descanso de miércoles a domingo. De ese modo, acostumbraba acercarse hasta el local de calle 7 “un público habitué que, tocara quien tocara, iba; más allá de los seguidores de cada uno de los músicos”, según recuerda Soldi, quien inauguró el boliche junto a Héctor Cuevas. Por su parte, el cantante de Pantera Negra sostiene que el bar no sólo era pintoresco por su estructura, sino también por quienes lo frecuentaban: “Iban personajes de pelo largo, era una época muy Axel Rose. Todos querían ser Axel Rose”.
“Ahora este tipo de lugares son más empresariales, piensan más en la ganancia. Arenas fue un tanto romántico porque le daba mucha comodidad a las bandas, tenían mucha onda. Al ser uno de los dueños músico, es lógico que haya sido así”, asegura Andrés, quien luego afirma sin vueltas que para el rock local resulta “malísimo que haya cerrado”.
La burocracia suele ser un problema y pocas veces los proyectos logran sobrevivirla. Así, el último día de 1995, EDELAP decidió quitarle el medidor de electricidad a Arenas, dejándolo sin servicios durante todo el verano. Es que la empresa de energía juraba que los dueños del local le adeudaban una factura del ’85 y, luego de iniciarles acciones legales, tomó la determinación de cortar de raíz. Con una feria judicial y un juicio encima, la sociedad entró en quiebra y el mítico boliche de 7 entre 42 y 43 cerró. Sin embargo, las hazañas saben de revanchas y la de esta rockería, según Claudio, aún está pendiente: “Siempre está la idea de abrir un bar. El deseo se reaviva cuando me encuentro con algún músico. En cualquier momento, aparecerá un nuevo Arenas en la ciudad”.

(siempre es mejor la versión en papel)

jueves, 21 de julio de 2011

Mil veces demente


Desde su blog, él dona dinero a la banda que produzca el mejor disco independiente del año. Y aunque todo pueda parecer el resultado de un loco atacado por la filantropía, a él eso poco le importa, mientras jura que para disfrutar hay que escuchar y que para escuchar, es necesario investigar. Con ustedes, Mr. E, el regalón del under.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Ilustración de MAP (http://martinprenassi.blogspot.com)

Escondido tras la pantalla de una computadora, año tras año un demente regala dinero. De a mil pesos por vez, él elige entre un pilón de discos editados de manera independiente al mejor del período y, sin más, hace su donación a la producción under. Y mientras hay quienes se pelan las cabezas intentando armar sus quintas en torno a las bandas de rock,  Mr. E, el demente, asegura que lo suyo no es tan raro, que se trata sólo de una cuestión de perspectivas.
“Cuántos tipos dan su tiempo para ayudar a otros, dando afecto, cariño… Lo sorprendente de la movida de Mr. E es que la solidaridad se da en un ámbito donde la colaboración no es habitual. En otros ámbitos, sí lo es; entonces, ésta es una cuestión solidaria mínima frente a lo que hace un montón de otra gente. Yo lo hago con afecto y con amor porque me da placer. Pero sí, para el contexto del rock es una novedad”, señala el hombre que, desde Mar del Plata, se las ingenia para lograr acceder a la música que las bandas editan solitas con su alma: “Cuando viajo a Buenos Aires y a La Plata, aprovecho para comprar discos porque acá no hay ni fútbol ni rock”.
Al parecer, el demente no es sólo ese hombre de voz grave que encabeza la movida de Mr. E. Por lo que él cuenta, se trata de cuatro chiflados que, juntos, se divierten escuchando música y regalando dinero: “Esto es nada más un juego que compartimos con mis hijos adolescentes y con mi mujer”, asegura para luego describir que el suyo es “un proyecto familiar” que se sustenta en la complicidad que los sonidos permiten establecer y que, finalmente, resulta en situaciones expansivas en las que, por ejemplo, el hijo de 17 años termina “bajándoles línea a los amigos, a quienes les lleva discos de bandas independientes”.
Lo cierto es que la de Mr. E es una idea que traslada al rock lo que el Sr. S hace, “aunque con muchos más recursos”, por el teatro independiente de Buenos Aires. “Cuando encontré esta idea del Sr. S, que elige a una compañía y le monta una obra durante el año siguiente, me pareció que era una buena forma de canalizar el agradecimiento que yo siento con los músicos. Estoy agradecido por todo lo que los músicos independientes hacen y ésta es mi manera de manifestarlo”, asegura con voz firme el ideólogo de todo este delirio rock desde una Mar del Plata en la que, seguramente, también está anocheciendo. Todo para luego destacar el respeto que le provocan por los artistas que liberan solitarias batallas para lograr las producciones discográficas.
Ese hombre que año tras año regala mil pesos a un grupo de rockeros, asegura que lo que hace es poco, que lo que realmente quiere es fundar el sello Mr. E Records, desde el cual editar el disco completo de las bandas y “no sólo aportar mil pesos, que no son nada”. Por más demente que sea, el rockero quiere ser parte. Quiere disfrutar con el cuerpo de las guitarras distorsionadas y, sin importar con qué medios, compartir con sus pares esa situación de placer. Así, Mr. E consiguió su propia fórmula, basada en escuchar, agradecer y ayudar: “Ésta es una forma de buscar un espacio que no tengo como oyente, de tomar un protagonismo que, en algún sentido, me permita entrar en el rock independiente por una ventana”.
La llegada de Mr. E a lo que hoy es música independiente es parte de un recorrido que se inició décadas atrás, cuando él era aún un niño y escuchaba por primera vez a los Beatles, que supo hacerse de la inocencia de toda una generación. Y así como hoy Mr. E investiga sobre las bandas que en los grandes medios serían catalogadas como “revelación”,  por aquellos días también debía bucear si lo que quería era escuchar. “No había ni siquiera revistas; si te comprabas una revista importada, te hablaba de discos que iban a llegar al país un año más tarde. Tenías que ser un verdadero cultor porque si no era aburridísimo, te tenías que mover como loco para averiguar qué estaba pasando en el rock”, recuerda para luego describir entre risas una anécdota a la que categoriza como paradigmática de la época: “Me gustaba mucho el AC/DC de Bon Scott, el primer cantante. Cuando salió Back in Black, lo compramos importado con unos amigos e inmediatamente fuimos a la casa de uno de ellos a escucharlo. Nos sentamos, lo pusimos y nos dimos cuenta que la voz era de otro tipo. No entendíamos nada. Tardamos meses en saber que Scott había muerto”.
Años más tarde, los días de estudiante en La Plata, juntaron un cúmulo de nuevas experiencias, aunque, por aquellos días, el rock platense era apenas “una movida muy pequeñita, opacada por lo que por entonces era rock independiente en Buenos Aires, que era como la segunda línea de las compañías discográficas de la que, por ejemplo, formaba parte Don Cornelio y la Zona”. Sin embargo, aunque la escena local haya sido apenas incipiente, Mr. E recuerda muy bien las presentaciones de Topografía Difusa: “El Cabe Mallo era un tipo que tenía unas bolas bárbaras. En ese momento, la Argentina recién empezaba a retomar el hilo de la libertad, acababa de volver la democracia, y no era fácil salir como lo hacía el Cabe. Los que éramos jóvenes, no teníamos la cultura de ser libres. Queríamos ser libres pero nos daba mucha vergüenza. Al Cabe, no”.
 medallas colgadas que valen mucho”, dice con amabilidad el hombre cuyo nombre y apellido es un misterio, y continúa: “Vi a Sumo varias veces, vi a The Police, a V8. Por aquel entonces, V8 no era un mito, era una banda que estaba en el candelero, era como ver a cualquier banda independiente hoy. Éramos parte de un mito que no sabíamos que iba a ser. Así, también, a Soda Stereo la vi en una disco marplatense junto a otros cien tipos. Ni de cerca íbamos a pensar que iban a llegar adonde llegaron”. Aunque la lista de shows en vivo sea sumamente interesante, Mr. E jura que la mejor experiencia llegó recientemente, cuando en octubre pasado los Pixies pisaron el Luna Park: “Fui al recital con mi hijo. Cuando salieron al escenario, yo estaba ahí con él y sentí que se cerraba un círculo entre mi fanatismo por la música y mi hijo que me acompaña en este gusto. Entonces, empecé a llorar como loco. Fue genial”.
Como rockero de buena ley, a Mr. E la música le ocupa la mayor cantidad posible de horas de su día, adueñándose de la sonorización de la cotidianidad. “Sin embargo, siempre siento que me estoy quedando afuera de un montón de cosas porque ahora hay mucho. Un escritor dijo: Por cada libro que leo, me angustia pensar que es otro libro que no leo”, cita para luego reírse y asegurar que lo suyo es pura satisfacción. Entonces sí, por fin, reconoce ser un demente al que poco le importa serlo.


De Garage – Julio de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

viernes, 8 de julio de 2011

Sencilla y crudamente rock


Durante los ’80, La Plata albergó dos rockerías que rindieron tributo a los garajes. A pocas cuadras de distancia y con apenas algunos años de diferencia, ambos locales quedaron en la memoria por haber sido el escenario elegido por Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Pepe Fenton, Jorge Vimercati, Ricardo “el mono” Cohen y Ricardo Rodrigo reconstruyen la historia.

Por Ana Clara Bormida y Carolina Sánchez Iturbe

El rock nació en un garaje. Esa suerte de trastienda de los hogares siempre supo ser la cuna de los sonidos distorsionados, ésos que logran estimular a los adolescentes, eyectándolos hacia otra realidad. Por eso, quizás, no es extraño que en los ’80 en La Plata, la ciudad que nunca deja de rendirle tributo al rock, dos bares hayan elegido ese nombre para, en su interior, encerrar los deseos y proyecciones de esos montones de jóvenes deseosos de mundos paralelos.
“Hubo un primer Garage que funcionó a principios de década y que era manejado por Rocambole”, rememora Pepe Fenton, haciendo alusión al local que se había montado sobre la calle 6 entre 43 y diagonal 74. “La entrada estaba a la altura de la calle, pero el salón quedaba en un subsuelo. Era la época de El Boulevard del Sol y de El Borda. Esa era una típica roquería cuyo principal objetivo era que tocaran bandas platenses y algunas de Capital”, señala. Así, ahí tocó Fenton junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, cuando la banda aún no había logrado conquistar masivamente los corazones del público. Esa noche, describe Fenton, estuvo invitado Miguel Abuelo, y Las Bay Biscuits fueron las responsables de los coros de Superlógico.
“Luego, hubo otro Garage. Éste ya era un emprendimiento comercial a gran escala y funcionaba como boliche bailable. No era una roquería, sino que era como un microestadio. Los Redondos tocaron ahí a fines de los ’80, cuando ya eran más convocantes”, aclara.
El segundo garaje era claramente más grande que el anterior. Con una estructura que aún hoy conserva con fidelidad y que puede ser recorrida a la par que se visita el mega vivero Garden Shop, ubicado en 10 entre 58 y 59, anteriormente a su historia rockera era un estacionamiento de autos. “Era una cochera que, en el primer piso, tenía balcones a los costados. Una caja hecha con hierro, cemento y techo de chapa”, cuenta Jorge Vimercati.
“Era como estar en un rancho grande, ubicado en un lugar bien céntrico y que solía funcionar como boliche bailable”, agrega Ricardo Cohen (Rocambole) para luego narrar aquel diciembre en el que la banda liderada por el Indio Solari desembarcó en el lugar: “Estuve en la organización de ese recital. En El Garage entraba mucha gente, pero esa noche excedimos ampliamente la capacidad. Podría haber sucedido un Cromañón ahí”.
“En el show de los Redondos, había mucha gente, gente hasta en la vereda. Y como hacía mucho calor, nos tiraban agua encima”, relata Ricardo Rodrigo, actual guitarrista de Corazones. A la par, Jorge Vimercati destaca que, debido al exceso de público, esa noche él fue uno de los que tuvo que quedarse escuchando desde la puerta a las guitarras de Skay Beilinson sonando.
Por El Garage de calle 10 pasaron bandas como Todos tus muertos y Bar 39, la banda que Pablo Silvera, Guillermo Coda y Tete Morgada formaron a mediados del ’87 y que, además, se adscribe haberse hecho cargo de la inauguración del lugar durante ese mismo año.
Hace 20 años, La Plata no sólo fue peculiar por encerrar calles numeradas y colectivos nomenclados, sino que también fue la ciudad dueña de los garajes más frecuentados del ese mundo paralelo que construye el rock.

De Garage – Junio de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

lunes, 27 de junio de 2011

Ellas bailan con todos


A fuerza de clavas y fuegos danzantes, Luis Villagrán Zaccardi, o Luighy según él mismo se denomina, se convirtió en un malabarista que no sólo conquistó algunas esquinas de la ciudad sino que además se transformó en el hombre que sabe cómo animar cualquier recital. El día que el rock se encontró con el arte callejero.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotos de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

Un quinteto de clavas danzan en el aire. A su alrededor, los rostros sonríen mientras frente a ellos una banda se abraza a sus instrumentos musicales para celebrar que esa noche le toca bailar con las más lindas. Seguro de que cualquier ambiente es propicio para expresarse, Luighy (o Luis Villagrán Zaccardi) impulsa con sus brazos delgados a las cinco muchachas voladoras a la par que disfruta del momento a su manera: malabareando esa comunión entre rock y arte callejero que poco tiene de casual.
“Mi relación con las bandas se dio con la vida. A algunas las conocía personalmente de antes y a otras las fui conociendo en sus recitales. Después, de a poco, me fui sumando a sus espectáculos haciendo en el medio funciones de malabares y fuego”. Sentado en un sillón maltrecho y esperando a que las horas marquen el momento de maquillarse para su próxima presentación, Luighy reflexiona sobre su papel en el mundo rock, ese mundo que lo recibió de brazos abiertos, primero para ubicarlo en el lugar de mero espectador y, luego, para señalarlo como elemento visual de sus shows.
Todo comenzó una noche en la que La Plebe le pidió a Villagrán que hiciese swing con fuego durante su recital y desde entonces su presencia en el rock local no se cortó. “Después, vino La Jaula del Rey Elvira; de ahí salí de gira con Patanes... y bueno, así caí con Encías Sangrantes y con La Flower Power”, recuerda. Y aunque la tragedia de Cromañón lo haya obligado a reformular sus participaciones en la noche, absteniéndose del fuego y optando ahora por clavas apagadas, jura que sus intervenciones siguen adelante, reforzando esa relación rocker que desde hace años gesta.
Sin embargo, ese vínculo que mantiene con el rock no nació con los sonidos platenses. Todo se remonta tiempo atrás, a los días en los que el Winco de su casa reproducía a Led Zeppelin, Pink Floyd, Deep Purple, los Rolling Stones, los Beatles y Madness. “Todavía tengo esos discos de pasta, pero los estoy por vender porque cuando sos artista callejero y pobre aprendés que los discos también se pueden comer”, dice entre risas.
Luego llegaron los días de la adolescencia en pleno resurgir democrático, cuando aún las reglas no estaban tan claras y Sui Generis deslumbraba: “Yo entré en el '83 a la secundaria, en una democracia que era reciente y que, en ciertos aspectos, seguía siendo como una dictadura. A los 15 años, vivía en las comisarías. Las razzias se daban todos los fines de semana y yo trataba de disimular que era menor de edad. Igual, iba a Cemento a ver a Luca Prodan, por ejemplo. Me era inevitable. Empecé a caminar así en la ciudad”.
Fue por esos días cuando Luighy asistió a uno de esos shows capaces de resistir al paso del tiempo y, en cambio, quedar tatuados entre los recuerdos. “No me voy a olvidar jamás de un recital que hicieron Los Redondos a fines del '85 en lo que era El Garage, que quedaba en 10 y 58. En el medio de la noche, llegó la policía y tiró gases lacrimógenos adentro del lugar para que la gente saliera y poderla chupar. El Indio Solari se fue de escena y Skay se quedó tapándose con un pañuelo y tocando al lado de una columna mientras le pedía a la gente que no saliera porque afuera estaba todo mal. Entonces, me quedé llorando adentro, mirando a Skay. Tuve mucho miedo ese día. Igual, podemos hablar durante horas de lo placentero que era ver a Los Redondos”, rememora para luego señalar que ése no fue el único gran momento recitalero que experimentó ya que las peñas que en la época se organizaban en las facultades lograron transformarse en momentos igual de determinantes junto a su espíritu joven que siempre terminaba reflejándose en un montón de pibes “bailando arriba de los bafles”.
Aunque hace tiempo sus clavas acostumbren danzar en el interior de teatros y bares techados con entrada paga, Luighy jura que ellas nacieron en la calle y para la calle donde, “por suerte, cada vez son más las bandas que no están dispuestas a transar ni a pagar mil pesos para poder tocar”, logrando multiplicar los rostros que sonríen cuando los músicos consiguen bailar con las más lindas del lugar.

De Garage – Junio de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

sábado, 4 de junio de 2011

El Taller del rock

En el bar de 49 entre 2 y 3 se produjeron grandes encuentros artísticos, aunque ninguno de ellos se llevó a cabo sobre el escenario del lugar. Así, por ejemplo, entre sus paredes ornamentadas por los cuadros del Negro Mariani, Manuel Moretti se reunió por primera vez con los hermanos Mutinelli, sentando las bases de una de las bandas de rock con más mitos en la ciudad.

Por Ana Clara Bormida y Carolina Sánchez Iturbe

Que los encuentros que se producen en La Plata son preámbulo de grandes resultados creativos, no es novedad. Y que esas reuniones suelen darse durante las madrugadas, tampoco. Como si las diagonales hubiesen complotado para que las mejores tertulias se dieran en 49 entre 2 y 3, durante años El Taller supo ser el epicentro de esas uniones que luego saben dar sus frutos.
Con un circuito marcado, a fines de los ’80 y principios de los ’90, cada bar cumplió un rol determinado. Mientras que El Tinto se prestaba para que la gente pudiera escuchar música y El Bar era el lugar indicado para ver los recitales de las bandas del momento, El Taller se presentaba como el mejor espacio para establecer vínculos. “Para nosotros era como un club”, recuerda Cabe Mallo, el actor, músico y docente, quien solía ser cliente asiduo de la casa antigua en la que se había instalado el local.
Aunque el lugar carecía de un escenario que lo destacara, ahí se llevaban a cabo los encuentros entre quienes formaban la escena del rock local. Así, en El Taller solían converger personajes tales como Rudie Martínez, los hermanos Mutinelli, Sergio Pángaro, Alfredo Calvelo, Pancho Luna, los miembros de Las Canoplas y el círculo intimo de Virus. De ese modo, Cabe Mallo no logra recordar más que un par de ocasiones en las que hubo espectáculos en ese espacio: aquella en la que hubo un show de mimos y las tres oportunidades en las que Sergio Pángaro hizo un unipersonal.
“Otro ítem interesante del lugar eran los mozos. Las mozas eran Cintia y Diana Rogovsky y Mariana Estévez, quienes al poco tiempo armaron La Marea, el grupo de danzas. Y el mozo masculino que estuvo más tiempo fue Manuel Moretti, que cuando empezó a trabajar ahí no estaba ni siquiera en Licuados, recién había llegado de Junín”, dice Mallo. Reconfirmando que el lugar era propicio para el desarrollo de los procesos creativos, Moretti suele decir en sus entrevistas que ahí fue donde conoció a los hermanos Mutinelli, con quienes luego formó Peregrinos.
“Como me había hecho amigo de los dueños del bar, que eran el Negro Mariani y Julio, de quien no recuerdo su apellido, llevaba todo el tiempo cassettes con música”, asegura el actor, para luego sostener que ése fue uno de los lugares donde más se escuchó a Japan. Es que en aquel momento, según describe, aún no se había instalado la moda de los DJ’s, por lo que el encargado de la barra hacía sonar cassettes que iba cambiando según el gusto de sus clientes. Por ello es que quizás Cabe Mallo recuerda que en los bares que formaban del triángulo que él frecuentaba, siempre había buena música. “Íbamos al taller de arranque y de ahí nos íbamos al Boulevard o al Borda, donde siempre estaba Pepe Fenton”.
Conformado como una versión en miniatura del Boulevard del Sol, El Taller se dividía en tres espacios que se repartían entre dos habitaciones y un patio cuyas paredes estaban ornamentadas con los cuadros que el Negro Mariani pintaba. “Además, en una época, había días en los que el Negro Mariani cocinaba y podías ir a cenar. Me imagino que para los dueños también debe haber sido un lugar de encuentro”, rememora.
Haciendo honor a su nombre, El Taller no sólo sirvió como un espacio para degustar alguna bebida espirituosa, sino que también supo ser una fábrica al mejor estilo Warhol, donde entre copa y copa, se ideaban grandes planes para el rock.

De Garage – Mayo de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

martes, 24 de mayo de 2011

Baby Break It Down


Para Luis González el rock y el cine son una gran sucesión de quiebres capaces de transformarlo en alguien distinto. Ávido de nuevos descubrimientos, el dueño de Imagina, uno de los pocos videoclubs que sobrevivieron en la ciudad, es el hombre que aún hoy busca reinventarse.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Foto de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

“Yo tengo cabeza de rock”. De pie en el centro de Imagina, el videoclub que desde hace 20 años funciona en La Plata como el lugar indicado para conseguir todo tipo de películas, Luis González, su dueño, reflexiona. Aunque él no sea músico, su figura siempre se relacionó a las guitarras distorsionadas, quizás porque es posible encontrárselo en los recitales de las bandas de la ciudad, o tal vez porque en su local se respira rock, aunque para eso no haya motivos absolutamente certeros. De cualquier modo, la historia de Luis está marcada, a fuerza de quiebres, por ese sonido que desde hace años se dedica a regalarle momentos capaces de determinar el resto de sus días y transformarlo una y otra vez en un hombre nuevo.
Como todo cuento rocker, los inicios de esta afición en la historia de Luis se remontan a tiempos lejanos, incluso difíciles de precisar. Así, él asegura que el rock es parte de su “formación natural” ya que, por su edad, él se desarrolló “casi a la par que el rock nacional”. Sin embargo, el dueño del local de 60 entre 9 y 10 asegura que existieron varios períodos bisagra, que hicieron que su vida fuese ésta y no otra y que, claro, lo modificaron a su paso. El primero, en Resistencia, cuando era un niño de seis años que prefería tener un piano antes que un reproductor de discos. El segundo, cuando en Mar del Plata un amigo le hizo escuchar el primer disco de Los Gatos, que le permitió percibir que “había otra cosa” y acercarse a bandas como Manal y Almendra.
De igual manera, otro gran momento sucedió cuando Luis invirtió en su primer long play: Little Green Bag de George Baker Selection. “El primer tema que sonaba era Pequeño bolso verde, que es la canción que, muchísimos años después, abrió Perros de la calle, la película de Tarantino. Me acuerdo que cuando en mi casa se compró el primer equipo de música, que era un equipo bestia, tanto que hubo que llamar a un técnico para que nos explicara cómo se usaba, mi viejo me dijo que me consiguiera un disco. Cuando el técnico puso el álbum y empezó a sonar Pequeño bolso verde, mi viejo estuvo a punto de matarme: ¿para eso compré semejante equipo, para escuchar esta basura?”, recuerda entre risas para luego describir que ese tire y afloje con su progenitor era un clásico que solía repetirse, por ejemplo, cuando Creedence Clearwater Revival o los Beatles musicalizaban los rincones del hogar.
Después llegaron las horas en la Facultad de Ingeniería de La Plata y, con las nuevas amistades, los descubrimientos musicales y artísticos que obligarían al hombre que suele atender a sus clientes con una gran sonrisa a barajar y dar de nuevo. Entonces sí terminaron de definirse las dos grandes influencias que determinarían a Luis, luego de que a los Beatles se sumaran los Rolling Stones, la banda que logró provocarle cambios tan profundos que, incluso, repercutieron en su matrimonio.
“Mi primer divorcio fue con la carrera, me dije que ya no quería ser ingeniero y, entonces, nació Imagina. Tiempo después, hubo otro quiebre mental que llegó a reformular mi situación civil y que se dio con los primeros recitales de los Rolling Stones en Argentina”, sostiene para luego explicar que cuando la banda británica desembarcó en febrero de 1995 en River con la gira Voodoo Lounge, él sintió que ese show, desde su inicio, ese en el que retumbaban los tambores de Sympathy for the devil a la par que una cobra gigante escupía fuego, era un antes y un después similar al que había ocurrido con Los Gatos décadas atrás: “La mayoría de los que fuimos a ese recital, salimos flotando. Sentíamos que el resto de nuestra vida era gratis; después de lo que vivimos esa noche, nos podíamos morir”.
Y cuando el cuerpo cree que ya no puede experimentar más transformaciones, nuevas evoluciones se suceden. Así, a la par que el videoclub crecía, vinieron los días en que Manuel Moretti atendía a los clientes de Imagina y, horas después, Luis lo escuchaba tocar en bares casi desiertos; y, luego, las horas en las que Reimon, acompañado por Poli (la cantante de Señor Tomate), reemplazaba al frontman de Estelares en su puesto, a la par que le regalaba a González cassettes llenos de grabaciones de bandas independientes. “Poli me pasó mucha música. Ahí empecé a recibir información distinta que definió claramente lo que hoy me interesa. Ahora, me gusta descubrir cosas. Está bueno ir a ver recitales grandes, pero me fascina estar en un lugar chiquito y toparme con algo nuevo. Me encantaría encontrar a un Lou Reed tocando para 50 personas, sería un placer fantástico”, dice para luego explicar que esas revelaciones musicales todavía siguen produciéndose gracias a que actualmente Gastón Disanti, el bajista de The Falcons, trabaja en el local.
“Yo pretendo que el arte me cambie, pretendo más que un estado de ánimo. Si me genera algo, si logra que sea alguien distinto, entonces, cumplió su cometido”. Mientras una incontable cantidad de cajas de DVD’s reposan en las estanterías de Imagina, Luis piensa en el poder que ellas tienen para, junto a la música, transformarlo una y otra vez en un hombre nuevo. Luego, sonríe y, como quien disfruta de esquivar a las aguas estancadas, concluye sin preámbulos: “Pertenezco a ese grupo de gente que para vivir necesita ir a un recital y ver películas. Si no tengo esas cosas, está todo mal”.

De Garage – Mayo de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

martes, 3 de mayo de 2011

Ultra Parties

En menos de un año, selló un estilo propio y escribió un breve capítulo en la historia del rock local. En 1995 nació y murió este bar en donde Gustavo Astarita grabó un unplugged de covers y comenzaron a tomar forma las costumbres del rock actual. 

Por Ana Clara Bórmida y Carolina Sánchez Iturbe

Dicen que si lo bueno es breve, es dos veces bueno. No sabemos si la fórmula también es aplicable a la historia, pero será cuestión de indagar. Ultrabar fue una rockería de vida corta y espacio pequeño que estuvo ubicada en la calle 47 entre 8 y 9 durante el año 1995: en el mismo año que lo trajeron al mundo,  firmaron su partida de defunción.
Convivió con otras dos rockerías míticas de la ciudad, pero supo distinguirse de ellas. El Bar y El Tinto eran locales amplios y pensados para recibir bandas y cientos de jóvenes durante las noches, Ultrabar, en cambio, “era un bar chiquito pero que tenía ciertos toques distintivos frente a otros bares, porque no era el típico local de los bolicheros que no entienden mucho de qué va su actividad, más allá de armar un bar. Tenía algo temático, no es casual que uno sus dueños haya sido músico y el otro diseñador. Entonces, tenía algunas cuestiones que iban con eso”, relata el periodista Oscar Jalil, quien organizó en este local un ciclo de presentaciones de bandas. “A su modo, estos bares ayudaron a que la escena siga creciendo”, afirma para luego explicar que una de las cosas que lo que lo distinguían era su estilo, que era diferente al de otras rockerías. “No tenía los típicos posters de rock. Tenía algo así como una estética cool por la iluminación, la barra. Estaba bien ambientado, si se quiere con un estilo más palermitano de lo que puede ser hoy. No era rústico, era uno de los pocos bares situados en el centro”, cuenta Jalil. 
Y también fue un lugar pionero. En Ultrabar no sólo tocaron buenas bandas, sino que también hubo un cuidado y una marcada intencionalidad en la música que sonaba constantemente, de modo que ir a sentarse a tomar una cerveza y escuchar interesantes discos era un plan que más de un platense melómano consideró cumplir ahí en el año 1995.
También fue uno de los primeros lugares en los que se le dio importancia al diseño de flyers y afiches. Cuando Oscar Jalil les propuso a los dueños del lugar hacer un ciclo de recitales de bandas de La Plata y de Buenos Aires, no sólo aceptaron, sino que uno de ellos, el diseñador, se encargó de darle el toque gráfico a la cuestión. “Recién por aquella época se dio más impuso a los flyers, que siempre existieron pero no se laburaban con tanto diseño. En Ultrabar, al ser diseñador gráfico uno de los dueños, armábamos una especie de programitas que tenían textos que estaban relacionados con las disputas periodísticas del momento. Yo editaba la Bongó con otros amigos, y estaba otra revista que se llamaba El Avispero, y si bien nos conocíamos todos y éramos amigos, la nuestra era una revista muy irónica que no se tomaba casi anda en serio, entonces la idea era provocar con esos programas”, recuerda Oscar Jalil.
En el ciclo de recitales que el periodista organizó en este local, bandas como Suárez realizaron su primera presentación en La Plata, compartiendo fecha con Parabólicos. Además, pasó por el escenario Adrián Paoletti junto a Míster América, que por entonces  “no era Míster América, sino Astarita en formato umplugged haciendo un montón de covers de Bowie, de Ney Matogrosso, de los Beatles en una presentación  muy chiquita e íntima”. También estuvo La Nueva Flor, que fue el proyecto previo a Victoria Mil, al cual Jalil recuerda como “una banda muy distorsiva y experimental para lo que se escuchaba en aquella época, que tocó con Falso Primero Ministro”.
Más allá de los músicos que pisaron el escenario de Ultrabar gracias al ciclo de recitales que organizaba Jalil, como siempre, lo más jugoso de esas noches eran las anécdotas. Así, el periodista recuerda como un hecho memorable la llegada de Adrián Paoletti al bar: “Fue muy gracioso porque en ese momento él trabajaba en un juzgado y creo que se había casado y estaba juntando plata. De día hacía ese laburo y de noche manejaba una ambulancia, entonces llegó a tocar con los músicos en esa ambulancia”.
Ultrabar también fue pionero en las ferias de discos. En esos años no era simple conseguir las producciones de las bandas independientes y la idea de hacer eventos que integraran la presentación en vivo con la venta de CDs  comenzó a tomar forma en este ciclo de recitales, convirtiendo al bar en un lugar de referencia para el público ansioso por musicalizar sus hogares con los sonidos de las bandas alternativas.
En menos de un año Ultrabar cerró sus puertas. Se despidió con una fiesta y la muerte fue sellada con un epitafio que no pudo haber estado plasmado en otro lugar que no fuese un flyer que se repartió entre los invitados y que, sin preámbulos, sentenciaba: “Inaugurado y fundido en menos de un año”.

De Garage – Abril de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

lunes, 18 de abril de 2011

La esquina más feliz del mundo


El lunes 7 y martes 8 de marzo, Meridiano Vº festejó el regreso del feriado de carnaval. Una incontable cantidad de personas, poblaron las calles de adoquín para demostrar que la alegría no se olvida.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotos de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

Correr hasta que las piernas no den más. Aunque el aire falte y el cuerpo jure que ya pasaron décadas desde la última vez, es necesario correr, saltar y reír con la misma despreocupación que  la niñez alguna vez regaló. Y disfrutar, disfrutar del agua, del amontonamiento de gente, de los pomos de espuma, de la calle hecha fiesta, a medida que los recuerdos invaden y el cuerpo se destraba tras tanto tiempo.
Aunque el carnaval pueda parecer un festejo casi irrelevante para el curso habitual de cualquier sociedad, ahora, cuando despierta después de 35 años de tortuoso silencio, parece convertirse en un catalizador necesario ante la cotidianidad. Así, varios centenares de personas toman las cuadras que rodean a 17 y 71 y, contrariamente a lo deseado por los militares que en el ’76 prohibieron la celebración, demuestran que jamás lograron olvidar las tradiciones y los rituales de la ocasión, transformándose en vecinos que invaden la vereda para empaparse y rendir culto a la alegría, olvidándose de los peligros que, según algunos medios, las calles encierran y dejando en claro cuánto se extrañaba la sensación de libertad que resguarda la fiesta popular.
El lunes 7 amaneció soleado en la Estación Provincial. En el playón que está justo en frente de la fachada del edificio, un momo sonríe esperando a que el fuego, ese que cura todas las heridas, lo transforme al día siguiente en cenizas. Poco a poco, algunas familias tímidas se acercan hasta esa esquina platense para descubrir si realmente el carnaval sigue vivo. Y entonces, los primeros indicios aparecen: una patota de chicos disfrazados y con sombreros no dudan en arrojar bombuchas desde el primer piso del centro cultural, total en carnaval el enojo no existe, mientras la música latinoamericana puebla la calle. Con el primer chapuzón, llega el contagio y los primeros pomos de espuma artificial que, claro, son adquiridos con la excusa de que así los niños podrán divertirse como los adultos lo habían hecho años atrás. Pero como las pulsiones son irresistibles, pronto los padres de esas criaturas terminan sumándose al entretenimiento y enchastrando de blanco a quien se acerque.
A medida que las horas transcurren, los disfraces empiezan a ser un denominador común y rápidamente dejan de ser potestad de la infancia. No son necesarios demasiados preámbulos para que la cantidad de gente se multiplique segundo tras segundo. Entonces, la esquina parece colapsar y las risas se dejan de contener, mientras una cuadra más allá, las murgas se preparan para celebrar que la alegría por la que pidieron durante años en las marchas carnavaleras, finalmente volvió. Cuando los zurdos, bombos y redoblantes empiezan a avanzar por la calle, las levitas no danzan solas, una cantidad innumerable de personas las rodean, moviéndose a ritmo y escoltándolas hasta el escenario por donde luego pasarán varios artistas.
Cuando cae la noche, la gente se acomoda en el rincón que queda libre alrededor del momo y entonces, con la ropa aún húmeda tras la reinaguración del carnaval, baila como si ésa fuese la primera vez en que cuerpo siente la energía de la música, sacudiéndose como chicos uno junto a otro a cielo abierto. A las tres de la madrugada, finaliza el primer día de fiesta y todos juran en silencio volver a encontrarse la tarde siguiente.

El martes amaneció nublado. La amenaza del festejo trunco pesa con cada gota de la llovizna que cae y, entonces, el clima se transforma en el peor enemigo, ése que sin previo aviso traiciona a quien esperaba algo bueno de él. Sin embargo, a las tres de la tarde el cielo se abre y Facebook se convierte en el punto de encuentro donde decenas de personas festejan que el cielo se haya apiadado y organizan reencontrarse poco después en 17 y 71. La esquina vuelve a poblarse de colores y disfraces, aunque ésta vez la masividad se hace esperar un poco más.
Sin importar cuántos cuerpos sean los que estén correteando por los adoquines, quienes llegan hasta la Estación lo hacen con previsión: uno o dos tarros de espuma acompañan, prometiendo que ésta vez no los agarraran desprevenidos. Pronto la sucesión de corridas, batallas campales a fuerza de agua y sonrisas dirigidas a cuanto desconocido ande suelto se multiplican, demostrando que los primeros días de marzo, cuando renace el feriado de carnaval, no son una mera estratégica económica capaz de beneficiar a los empresarios turísticos, sino un constante reencuentro con la inocencia y la comunión grupal.
Las horas avanzan a gran velocidad, como las tardes de la niñez que parecían transcurrir en sólo segundos. Y otra vez la espuma salpica y nadie se enoja, y las bombuchas empapan y la gente ríe, y las murgas danzan rodeadas de cuerpos que desde cerca las siguen, contagiándose de su festejo y la calle se convierte en pista de baile.
Mientras Se armó la gorda entona canciones desde el escenario que se montó frente al centro cultural, una pareja mira la escena desde una de las ventanas de la estación de trenes. Tomados de la mano, mantienen el silencio por minutos hasta que la nostalgia los invade y, fascinados ante la cantidad de gente que arenga las letras de la murga de estilo uruguayo, empiezan a narrar recuerdos de los carnavales que experimentaron cuando aún eran niños. Entonces, la felicidad brota de la mano de la certeza de que sus hijos también podrán saber que la alegría de correr, saltar y reír con completos desconocidos devenidos en pares, en vecinos, amerita ser festejada durante un feriado.

De Garage – Abril de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

sábado, 9 de abril de 2011

Pura vida al rock


Diego Cabana, el dueño del bar que se instaló frente a la plazoleta de La Noche de los Lápices, jura que en la cultura local su rockería es tan sólo un engranaje más, que funciona a tracción de sangre y se alimenta de la fascinación que los sonidos de la ciudad provocaron en él: “El 100% de la música que escucho es de acá”.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotos de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)


De pie detrás de la barra de su bar, Diego Cabana mira su obra. Durante los últimos 3 años, Pura Vida, el lugar que fundó a principios de 2008 gracias a la colaboración de los amigos, se transformó en uno de esos templos capaces de transpirar rock. “Nosotros no buscábamos eso. Pura Vida es una circunstancia dentro de la movida que hay, somos parte del engranaje”, dice para luego jurar que la única gran vedette en la ciudad es la cultura con todas sus variantes.
Diego llegó a la ciudad hace algo más de 10 años. Antes de eso, en Lobería, su ciudad natal, él ya tenía un boliche que intentaba funcionar como rockería, aunque las limitaciones de un pueblo en el que no prevalecía el rock le hacían la tarea más complicada: “No me iba muy bien, así que dejé todo y me vine para acá. En los pueblos hay menos bandas, no hay tanto rock. Cuando llegué, empecé a estudiar periodismo y después me metí a trabajar en Flamingo como DJ”. Flamingo, el bar que estaba ubicado en la misma casa donde actualmente se erige Pura Vida, fue un lugar determinante para Cabana. Ahí terminó de acercarse al rock platense, forjó varias de las relaciones de amistad con los músicos locales que aún hoy mantiene y de las que se retroalimenta el local de diagonal 78 y empezó a soñar con tener su propio bar donde pudieran tocar esas bandas a las que poco a poco se acercaba. “Dentro de la música que se tenía que pasar en Flamingo, que era rock pero comercial, intentaba meter a las bandas de acá. Así, fui conociendo gente”, describe.
Aunque Diego jure que no existe una banda que haya marcado todo su “pensamiento musical”, sin lugar a dudas, La Plata lo encantó a tal punto que hoy por hoy reconoce casi no escuchar sonidos que se produzcan en otros puntos geográficos, dándole un lugar preferencial al rock que nace en la ciudad: “El 100% de la música que escucho es de acá”. Regla en la que la única excepción es John Lennon, el hombre que logró cautivarlo. “Lo que pasa es que Lennon me atrapa por la música, pero sobre todo me gusta por su lucha. A veces hay artistas que no me gustan en lo musical, pero me atraen por su discurso, su militancia”, dice para luego señalar sonriente que realmente lo marca es lo que escucha en cada momento.
A pesar de estar rodeado de músicos, Diego jamás ejecutó un instrumento: “No puedo ni mover las manos. Por eso, cuando era adolescente, mis amigos ensayaban en casa y yo los ayudaba a armar los recitales”. Ahora en La Plata, las bandas ya no ensayan en su casa, pero siguen eligiendo ese segundo hogar que creó frente a la plazoleta de La Noche de los Lápices para tocar, aunque Cabana asegure que su lugar no logra albergar a más del 40% de las bandas de una ciudad que está constantemente en movimiento, tanto que es “imposible conocerlas a todas”.
Que ésta es una ciudad en constante movimiento, no está en duda. Diego lo sabe y por eso no titubea al formular que “el rock es la no definición, cambia con el tiempo”, para luego ejemplificar como en Pura Vida pudieron notar esas transformaciones de los sonidos y su público durante los últimos tres veranos: “Nosotros siempre estamos abiertos todos los eneros y ahí es cuando se escuchan las cosas nuevas porque no quedan muchas bandas en la ciudad, entonces eso te muestra un poco cómo va ser el resto del año. Así, por ejemplo, creo que este año va a ser de canciones de amor”.
“El rock va en cómo cada uno lo quiera vivir. Un recital puede estar bueno con 500 personas o puede estar bueno con 10 personas. Acá, a veces hay esa excitación plena de noches tremendas, y hay veces que a las 11 de la noche uno se emociona con cantautores haciéndole un homenaje a Míster América”, sostiene Diego, quien pronto explica que, a pesar de que en el transcurso de sus días la música tiene un lugar preponderante, aún hoy el rock logra conmoverlo de la mano de los seres que, con sus instrumentos musicales, visten a cada una de sus jornadas y a quienes prefiere no individualizar, por un lado porque la cultura es algo colectivo y, por el otro, porque desea que “en ese anonimato de nombres y apellidos, se sienta incluido el que se tenga que sentir incluido”.
De pie detrás de la barra de su bar, Diego Cabana sigue siendo el mismo chico que vivió alguna vez en un pueblo a 40 kilómetros de Necochea, aunque con un propósito cumplido, el de crear un espacio para la música en el que reine la camaradería y “tiren todos para el mismo lado”, donde quienes trabajen y las bandas que toquen sean gente amiga y todo vuelva a ser tan cercano como lo era en Lobería. Ahora sólo resta alcanzar un sueño más: fundar una radio que transmita el espíritu de su bar y logre difundir “ya no al 40% de las bandas locales, si no al 70”. Entonces sí, el rock platense tendrá pura vida.

De Garage – Abril de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

Y sí seguís explorando? (si total, no nos vamos a dormir...)

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